martes, 30 de septiembre de 2014

Mi hijo se suicidó...

La mayoría de visitantes de este blog han perdido a un hijo pequeño, muchas veces un bebé, aunque también hay los que comparten la pena de haber perdido a un hijo mayor. Sin embargo, creo que nada se compara a ser padre o madre de alguien que tomó su propia vida y acabó con ella. Pensando en ellos escribo esta nota, que puede ser útil para todos, pues antes de su fatal determinación, quienes terminaron con su vida caminaron por la calle y por su casa, lucían como cualquier vecino, y nadie pudo imaginar que pensaban terminar de la forma como lo hicieron, sumiendo a sus seres queridos en una desolación muy difícil de superar.

No es un hecho único o extraño
Una de las secuelas de estas muertes queda con los sobrevivientes, padres y familiares en generales, que suelen pensar ¿por qué no lo vi? ¿Cómo no hice nada para impedir algo así? Y el sentimiento de culpa se instala en su alma para vivir ahí por largo tiempo, sintiéndose más solos que nadie, incomprendidos, y sin posibilidad alguna de consuelo ante una realidad que nunca terminan de entender.
Sin embargo, la información disponible apunta a que estamos ante un fenómeno mayor de lo que muchos pensaríamos.  Según cifras publicadas el suicidio de jóvenes entre 15 y 24 años ha crecido más de un 300% desde 1950, y sólo en los Estados Unidos se producen cerca de 35.000 suicidios por año, de los cuales 5,000 corresponden a jóvenes entre 15 y 24 años. 
En Argentina, hace 25 años de cada 10 suicidas, uno era menor de 18 años, pero ya en 1993 es uno de cada cuatro (http://gruporenacer.wordpress.com/2010/01/29/apoyo-para-sobrevivir-cuando-tu-hijo-se-ha-suicidado/). En España, según un artículo de Sergio García Morilla,  http://taispd.com/suicidiofalsascreencias/, el suicidio ocupa el primer lugar de muerte no natural (más de 3.500 suicidios en el 2012, el  77%  hombres), duplicando a las muertes por accidentes de tráfico y superando en 70 veces las de violencia doméstica, lo que es tremendamente alarmante, pero como ven, le pasa a muchas, muchas familias.

Muchas causas, algunas sin rastro
Otro de los aspectos que señala este artículo, es que si bien las personas con depresión severa tienen una tendencia al suicidio mucho mayor, no todos padecen este mal, y se indica que “más del 40% de las personas que se suicidan no cumplen los criterios diagnósticos de depresión mayor, y presentan otros problemas distintos”, como pueden ser la crisis de ansiedad, trastorno bipolar, esquizofrenia, trastornos alimenticios como la anorexia, entre otros. 
Es importante comprender que el suicida no es un loco, es una persona que de forma permanente o temporal, posee una perspectiva de la vida y del mundo tan diferente, que el pensamiento del suicidio puede llegar a ser un consuelo que calma su angustia, como lo afirmaba Nietzsche. También Arthur  Shopenhauer decía que "el suicidio, lejos de negar la voluntad, la afirma enérgicamente. Pues la negación no consiste en aborrecer el dolor, sino los goces de la vida. El suicida ama la vida; lo único que pasa es que no acepta las condiciones en que se le ofrece".
Según un estudio, “alrededor del 10% de las personas que se suicidan no tienen ningún trastorno mental diagnosticable”, lo que fortalece la idea de que hay algunas personas que, sin trastorno psicológico ninguno, deciden poner fin a su vida por alguna razón totalmente conciente y legítima.  La reciente partida del conocido actor Robin Williams parece ser un recordatorio de que hay personas que optan por salidas impensables para los demás.

¿Y el consuelo de la fe?
Ante esto, el tema religioso puede influir mucho en la forma como los familiares puedan sobrevivir esta tragedia, ayudándolos a llevar su carga o aumentándola, para su mal. Aún muchas personas siguen a pie juntillas lo que dicen documentos de décadas atrás, sin mirar a la cara los problemas de este siglo. Según http://www.aleteia.org/es/religion/noticias/la-culpa-de-un-suicida-puede-ser-atenuada-por-la-depresion-5799541567651840, el padre Maurizio Faggioni, profesor de Teología moral y de bioética en la Academia Alfonsiana de Roma,  considera que “desde un punto de vista objetivo, quitarse la vida es siempre un acto irracional, un acto de autodestrucción, irracional, inmoral”. Personalmente, creo que es extremadamente excesivo pretender conocer y poder juzgar qué anidaba en la mente y en el corazón de una persona que toma una decisión tan radical. Creo que nadie puede determinarlo y eso es una realidad. Por otro lado, no me parece una mirada de amor condenar de ese modo a quien, en el colmo de su desaliento, miedo, ignorancia, soledad, terror, o simplemente profundo dolor, recurre a algo que va en contra del mayor de los instintos propios de todo ser humano: el conservar la vida.
Sí, el suicida reniega de la vida que recibió de su Creador, pero… ¿acaso todo soldado no elimina la vida de otro ser humano, lo que es un mal mayor? Claro, es que lo hace mientras porta un uniforme y actúa bajo orden de su Estado, y eso está justificado ante el mundo y, aparentemente, eso lo exculpa ante Dios. ¿Es posible semejante incongruencia?
Es necesario revisar los criterios religiosos ante el drama profundo de espíritus atormentados que buscan la liberación de la muerte, pero que al alcanzarla condenan a los suyos a cargar cruces que no terminan nunca de comprender. Muchas veces las Iglesias se muestran más severas que el Dios que proclaman, y condenan a los demás con una radicalidad que nuestro Padre no ha de ver con buenos ojos. Cuando una persona es creyente, y pierde a un ser querido por su propia decisión, puede ser conveniente que busque el soporte espiritual que le brinde consuelo, pero teniendo buen cuidado de que sea alguien que no desee juzgar -ni al suicida ni a los familiares – y por el contrario, piense en acompañar en el dolor y brindar comprensión y amor.


Palabras finales
No sé lo que es perder a un familiar que acaba con su propia vida, lo reconozco, pero entiendo que debe ser algo terrible, una verdadera tragedia. Por eso mi corazón está con esos padres y madres, con esos hermanos que se quedan no sólo con el corazón destrozado, sino con el alma rota, llena de preguntas sin respuesta y una sensación absoluta de impotencia y frustración.  Con ellos sólo puedo compartir el pensamiento del Papa Francisco, quien con su característica sencillez y compasión, comparte, luego de designar que este mes de Octubre la intención general de su oración  será que “quienes se sienten agobiados hasta el extremo de desear el fin de su vida, adviertan la cercanía amorosa de Dios”.
Así sea. 

viernes, 4 de julio de 2014

El lazo no se corta jamás

Encontré esto navegando por la red. Una versión se lo adjudica a San Agustín de Hipona, pero me inclino más a considerarlo de Charles Péguy, (1873-1914), filósofo, escritor, poeta y ensayista francés, que aparece como autor en otros sitios visitados.
Creo que es un hermoso texto que puede ayudarnos, en medio del dolor más profundo, a encontrar un poco de esperanza y de paz. Estoy completamente segura de que si nuestros hijos pudieran hablarnos, desde donde quiera que estén, esto es lo que nos dirían:


lunes, 5 de mayo de 2014

Dolor y amor en el Día de la Madre

Un nuevo Día de la Madre se acerca, y aunque debo reconocer que mi vida ha reencontrado su curso y ya puedo disfrutar de la alegría de estas fechas, sin que por ello dejen de tener una cuota de tristeza, pienso en todas las madres que han perdido un hijo(a), especialmente si lo han hecho recientemente, pues aún estarán caminando en esa neblina absoluta, sin ver nada ni a nadie, sin saber siquiera dónde estás, sólo  sintiendo ese vacío tremendo que te destroza el corazón.
Sólo quisiera decirle a quienes se sientan así, que es normal, que no están mal por sentir que se hunden en un pozo negro y sin fin. Todo es parte de un proceso de separación lento y doloroso, que parece más difícil cuánto más se amó, y es una nueva forma de vivir que requiere toneladas de valor y coraje.
Esta vez me limitaré a resaltar cinco cosas que he escrito de seguro en alguno de los post de este espacio que existe para ustedes:
  1. Aunque tu hijo(a) no esté contigo, sigues siendo su madre.  Entiéndelo y asúmelo como parte de tu vida. Saberlo no eliminará la pena ni el dolor pero puede ayudarte a encontrar un nuevo sentido a tu vida: aprender a ser la madre de un hijo(a) aunque no lo veas o no esté a tu lado. 
  2. Generar sentimientos de culpa o rencor no es parte del amor. Muchas situaciones pasan por temas médicos o de circunstancias en que no hubo un “control” que impidiera el suceso. Como fuera que sucedió, el rencor contra uno mismo o contra otra persona no revivirá a nuestros hijos, pero sí puede llenar con ira o con sentimiento de culpa un espacio que debe ser únicamente para el amor.  Es necesario perdonarse y perdonar, y sólo así empezaremos  a sanar y podremos amar a nuestros hijos que no están como debemos amarnos a nosotros y los demás. 
  3. Cada uno tiene un proceso distinto y un tiempo distinto.  Vivir cada día después del dolor tan desgarrador que significa la pérdida de un hijo es una de las tareas más difíciles que tiene por delante un ser humano y no existe un “tiempo” que se pueda considerar adecuado para “volver a la normalidad”… ni siquiera sabemos cómo seremos luego de una experiencia así. La mayoría cambiamos en alguna medida, y hay que crear una nueva “normalidad”, por eso es importante no desesperarse, tratar de pasar las etapas de duelo en la medida en que sea posible, con calma y sin reprimirse. Hay que llorar, gritar, dormir… lo que cada madre considere necesario para su salud mental y su capacidad de supervivencia. (Yo caminaba como demente… eso me ayudó mucho a no alocarme y gastar de una forma sana esa energía espantosa que te da el dolor y que no sabes cómo procesar).  Llorar, aislarse, renegar, deprimirse son maneras en que nuestro ser reacciona… y son procesos válidos que en un momento dado nos permitirán superar la experiencia y comenzar a vivir de nuevo. 
  4. Ten presente que la muerte es también un nuevo nacimiento. Tu hija(o) está naciendo a otra vida y así también tú puedes iniciar una nueva en la que el dolor, la frustración y la angustia en un momento empiecen a dar paso a la vida,  dándonos una fuerza inesperada y la capacidad de ser mejores, más humanos, más comprensivos.  No creo en anidar en el sufrimiento como si fuera el hijo perdido, en quedarnos ahí de forma persistente (y masoquista) pues eso es dañino y no tiene ningún sentido ni nos ayuda en modo alguno.  Creo positivamente que ninguno de nuestros hijos quisiera vernos sufrir sin consuelo con el corazón destrozado. El amor que sentimos por ellos debe ser el motor que nos impulse a ser los padres y madres que nuestros hijos amaron (y aman, donde quiera que estén).
  5. Si necesitas ayuda... ¡recibirla estará bien!  Es cierto que la mayoría de personas no ha pasado lo
    que tú y no te entenderá del todo, pero a veces nuestra mente se “estaciona” en algunos procesos y no nos permite avanzar con la ley de la vida, que es la sanación, más aún si hay familia que sufre por tu causa. Un terapeuta,  un sacerdote o un consejero puede serte de mucha ayuda para encontrar un camino adecuado a tu vivencia en particular. Si crees que alguna persona en especial te es difícil de sobrellevar por su estilo o por las cosas que te dice.. evítala ¡y no te sientas mal por ello!  Recuerda que la idea no es sobrevivir sino volver a vivir… que al fin y al cabo debe ser lo que nuestros hijos desean para nosotros.. ¿no crees? pero eso requiere mucho, mucho, mucho valor y determinación. leí el otro día una imagen en la red que decía: "Lo más valiente que he hecho en mi vida fue seguir viviendo cuando quería morir".  Y es cierto. vamos.. ¡a ser valientes!

lunes, 24 de marzo de 2014

Víctima de la Enfermedades Raras: Micaela, un testimonio de amor

El día de hoy una comunidad de familiares y amigos se reunió para despedir a una hermosa bebé de casi 11 meses, Micaela,  una pequeña guerrera cuyo frágil cuerpecito ya no pudo seguir la lucha frente a la Enfermedad de Alexander que la aquejó desde muy temprano y que hizo que su vida y la de su familia cambiara de forma radical, iniciando un camino de amor y solidaridad que ha impactado la vida de muchas personas.
La vida de Karla parecía completa con sus dos hijos mayores, y el tercero, de su segundo matrimonio, sin embargo, cuando salió embarazada por cuarta vez la ilusión de la esperada mujercita revivió con intensidad y lleno de ilusión su espera. Y su ilusión se hizo realidad, con una bella criatura que nació para su alegría y la de su familia... hasta que a los dos meses de edad la enfermedad comenzó a deteriorar la salud de la pequeña sin que pudiera encontrar una respuesta.
Desde entonces la lucha fue incesante, pues cuando por fin los médicos pudieron brindarle un diagnóstico, descubrió que el mal que aquejaba a Micaela era una de las conocidas como "enfermedades raras", porque las padecen muy pocas personas en el mundo, y por la misma razón no encuentran especialistas, tratamiento o investigación que los ayude, teniendo que sumar a su sufrimiento el desconocimiento y la soledad. De hecho, Micaela ha sido la primera paciente con la enfermedad de Alexander en el Perú, y una de las sólo 38 que lo padecen actualmente en el mundo.
Cuando Karla supo que su niña sufría esta enfermedad, pasó por muchas etapas de dolor y frustración, pero en un momento comprendió que de alguna manera estaba en ese camino... por alguna razón. Y con fe y fortaleza, decidió superar su frustración y tratar de hacer algo. "Yo miraba a la gente por la ventana ir y venir, hacer sus cosas normales y sentía que ya no podía engancharme de nuevo con esa vida que tuve un día, porque a a partir del diagnóstico de mi hija fue todo diferente. Siento que tal vez ha sido necesario para poder trascender, he tenido que pagar una factura muy cara, la enfermedad de mi hija, pero hoy lo acepto", dice con serenidad.
Desde entonces investigó y encontró que aunque en el Perú no se conocen, en otros países, como España, existen organizaciones dedicadas a luchar por las víctimas de estas enfermedades que no asolan poblaciones enteras, pero destrozan la felicidad de miles de hogares en todo el mundo, año tras año. Y sin más apoyo que su experiencia de varios meses luchando por la vida de su bebé y un corazón rebosante de amor, se dedicó a organizar el "Día de las Enfermedades Raras" en su ciudad, Trujillo, coordinando con empresas, hablando con medios de comunicación, haciendo lo que jamás imaginó hacer, sin saber que la suya sería la primera actividad de ese tipo en el país, una en la que la solidaridad se abrió paso como en una fiesta, sin pedirle nada a nadie, con el único interés de abrirnos los ojos a la realidad de una minoría que también existe, que también sufre, y que también tiene derechos. El alcance de su campaña de difusión por el "Día de las Enfermedades Raras" fue un éxito total pues muchas personas, gracias a la tecnología y las redes sociales, participó desde otras ciudades e incluso países, respondiendo a la convocatoria de forma totalmente sorprendente.
"Micaela ha cambiado mi vida y mi forma de ver la vida", ha dicho su madre muchas veces, y hoy, con gran fortaleza y coraje luchando contra la emoción que anudaba su garganta, lo volvió a repetir al finalizar la misa, antes de que los restos de Mica reposaran para siempre, agradeciendo la presencia de sus amigos y familia, que compartió esta etapa tan difícil y preciosa de su vida.
Germán, un papá orgulloso de su bebé y de la unión de su familia, escribió en su muro: "Descansa en Paz, mi princesa ......han sido largos 11 meses de amor y coraje...... nunca vi tanta fuerza y valentía reflejada en un ser tan pequeño....... me queda la duda de no haber sido suficientemente Padre pero la seguridad de haber tratado de serlo ....sé que no me juzgarás por eso.....sí que me enseñaste a luchar, hija mía". Palabras que entendemos quienes hemos sufrido por haber perdido un hijo, porque
sabemos bien el terrible camino que se inicia con la separación, dejándonos con una desolación absoluta, siendo la fe y el amor lo único que puede rescatarnos del abismo.
Perder a un hijo es algo no sólo terrible sino muy personal, porque cada caso es diferente y las circunstancias son distintas, todos sufrimos a morir aunque no hay ranking, no se trata de ver quién sufre más, pero padecer una enfermedad rara debe sumar a los dolores de todo enfermo terminal,  la soledad y el "abandono" de quienes no tienen apoyo de nadie, mucho menos del Estado. Pero la experiencia de otras personas nos ayuda a comprender que existen muchas maneras de enfrentar duras realidades como ésta, y este caso es un claro ejemplo.
Por eso comparto con ustedes el legado de esta pareja, Germán y Karla, que iluminados por el amor a su hija han iniciado una vida nueva para ellos, para su familia y para la comunidad que esperan transformar con todo su amor de padres... generando en el proceso una luz de esperanza para otros.

Más información en:
http://ucvsatelital.tv/organizan-campana-por-dia-mundial-de-enfermedades-raras
https://www.youtube.com/watch?v=wkxldv964-Y&feature=youtu.be

martes, 14 de enero de 2014

Volver a mirar con el corazón

La mayoría de las personas, al iniciar un nuevo año, revisan lo que hicieron/lograron en el año que se va y se llenan de promesas de superación, de mejora.
Cuando uno tiene el corazón destrozado, importa poco, realmente muy poco, si las cosas mejoran, si se puede ser más productivo o exitoso. Nada importa.
Sin embargo, si estás en esa condición, ten presente que es, y debe ser, una etapa, pues el ser humano es un ser trascendente, está llamado a superarlo todo para tratar de ser lo mejor que pueda llegar a ser. Aún el dolor más profundo, como el que sientes, debe servir para hacernos mejores, más fuertes, más comprensivos, más solidarios, más capaces de amar. Sólo así estaremos dando un testimonio de lo mucho que amamos a nuestros hijos que partieron... tanto que por ellos...volvimos a vivir. Pero no una vida cotidiana, hacer el desayuno, salir a trabajar... una vida en la que miremos todo con otra mirada, una de amor.
Inténtalo. Vale la pena.




viernes, 27 de diciembre de 2013

La fe, bálsamo contra el dolor

El siguiente texto es en realidad un comentario de un lector a la primera entrada de este blog, que además es la más visitada: http://sobreviviendoanuestroshijos.blogspot.com/2010/06/como-enfrentar-la-muerte-de-un-hijo.html#comment-form.
Su nombre es Juan, y llegó a este espacio virtual al ver que su esposa lo hacía, luego de perder a su único hijo. Tanto en esa ocasión, en que compartió su sentir el 26 de septiembre pasado, como ahora, creo que sus vivencia puede ser inspiradora para otros, por eso la publico aquí. 
Esta carta continúa en un nuevo post, pueden buscarlo en página mencionada, en la que comparten su alegría por la forma como su historia ha ido evolucionando..
Ad portas de un  nuevo año, siento con claridad que mientras el mundo se prepara a celebrar con alegría un fiesta, muchos están sufriendo la mayor agonía de su vida.
Para ellos, para ustedes, van estas líneas llenas de esperanza , fe y amor.
Luzma


Hola, Soy nuevamente yo, Juan, el esposo de Patty, padres de Isaías Benjamín, el bebe que partió el 4 de mayo.
Escribo otra vez por que quiero compartirles que día a día, Dios hace su obra en mi, soy sanado poco a poco, y poco a poco voy avanzando en el camino de la paz.
He leido unos cuantos comentarios de padres que han pasado por lo mismo que nosotros, y realmente es doloroso leerles, por que se lo que siente, pero a su vez, puedo darme cuenta del valor que tiene el CONOCER verdaderamente a Dios, y que tener una relación personal con Jesucristo es LO ÚNICO que puede sostenerte en los momentos más difíciles de la vida, y hacerte ver la existencia desde la genuina perspectiva de Dios. Dejar partir a un hijo, es lo mismo que dejar que se te parta el corazón, nadie que no ha sido padre, puede comprender realmente lo que se siente pasar una noche con un hijo agonico en un hospital, ver su cuerpo muerto luego de una autopsia en el servicio medico legal, y finalmente dejarlo en un cementerio para que lo entierren... Yo si lo entiendo, se lo que siente cada padre y madre al dejar a quizás "su único hijo" como el mio yo lo deje en el "campo santo"... volver a tu casa y ver sus juguetes, su cama, su ropa, los artículos para su baño, su mamadera... ufff, realmente hay que vivir que se parta el corazón para comprender el dolor de estos estimados padres que he leído aquí. Yo los entiendo, y por lo mismo quiero alentarlos con todo mi corazón, a que si quieren ser sanados como YO lo estoy siendo, entréguenle su vida al Hijo de Dios, Jesucristo, por que finalmente solo Él tiene el genuino poder para sanar todas las heridas de nuestra alma. Yo se que alguno me dirá o pensará !!Claro, si Dios existiera o me amara no se habría llevado a mi hijo!! pero yo les respondería, lo que le respondo a cada persona que sin conocer a Dios, trata de sentir lastima por mi !!Todos moriremos algún día, el asunto es que mi Bebe murió antes que yo!! por ende, no importa "tanto" como o cuando moriremos, sino más bien, si 1º aprovechamos la vida de la manera correcta, y 2º ¿donde iremos a parar luego de la muerte? Creo que eso es más importante y trascendente que quedarnos pegados en el dolor, que aunque es legitimo, si vivimos para él, jamás lograremos seguir viviendo. Unos me han dicho que con esta perdida, debía "aprender a vivir con el dolor", pero ¿saben que? yo desafío al dolor, por que yo no quiero "aprender a vivir con un dolor", yo quiero ser libre de todo dolor, y recordar a mi hijo, extrañarlo, aún amarlo, pero "SIN DOLOR", y ¿saben que? Dios me está sanando el dolor, lo hace minuto a minuto, y con eso me muestra que no el asunto no es tan solo "tener fe" como para autoconsolarme, sino más bien el asunto es "DONDE DEPOSITAS TU FE", Jesús me ha demostrado que es digno de ser depositario de mi fe, por que Él es aún más grande que mi propia fe...

jueves, 12 de diciembre de 2013

Luto en Navidad

Hace casi un año, escribí un post sobre cómo vivir la Navidad cuando tu corazón sufre por el hijo que partió (http://sobreviviendoanuestroshijos.blogspot.com/2012/12/como-se-siente-la-navidad-cuando-tu.html ) que te recomiendo leer.
Ha pasado el tiempo y si bien es cierto que la mayoría de padres/madres que lloraban a su hijo en ese entonces ya habrán dado el paso siguiente para superar en gran medida la separación que esa muerte supuso, y deben estar en el proceso de enfrentar la vida con espíritu nuevo, algunas de ellas tal vez aún tienen dificultades para convivir con la alegría ajena, con el mensaje del feliz nacimiento de Jesús, o con la simple idea de celebración, cuando aún se sienten víctimas.

Si esa es tu situación, si la depresión posterior a la pérdida de tu hijo(a) aún es parte de tu día a día y no encuentras el camino para salir de ese estado, este post es para ti, para quienes aún se resisten a la Vida, y permanecen en el dolor, en la búsqueda de un por qué, en la idea persistente de una injusticia irreparable.

Debo aclarar algo: si esperas que te dé una receta mágica que alivie tu pena y resuelva el tema con un final feliz, lamento decepcionarte, y no lo haré porque no creo en recetas infalibles cuando lo que tienes es roto el corazón. Al menos yo no conozco tal solución.  Y tampoco iré por el camino corto de decirte que hay quienes sufren más, quienes pasan por dramas peores que tú, etc., etc.  El dolor ajeno no disminuirá el tuyo y eso lo sabemos bien ¿cierto? Pero sí creo que hay aspectos que podemos tomar en nuestras manos y en ese sentido quisiera compartir contigo mi experiencia, dejando en claro que:
  1. Cada persona tiene un proceso diferente, propio y particular, y tiene derecho a sus tiempos, a superar su pena y encauzar su vida a su ritmo. Me pasó a mí y le pasa a otros (miles, millones  en todo el mundo).
  2. Sufrir, llorar, aislarse, renegar, deprimirse son maneras de reaccionar y atravesar la experiencia, preparándose para poder, un día, superarla. No creo en "pasar la página y ya". Al menos no funciona para mí. Le toca a los demás tener paciencia y acompañar en su dolor a quien sufre, de la manera como esa persona lo necesita, no como los demás creen que debiera hacer o como el calendario sugiere.
  3. Visto todo lo anterior, sí creo, y mi experiencia así me lo enseñó, que una cosa es vivir cada etapa del duelo y no huir del dolor, pero otra es pretender anidar en el sufrimiento, quedarse ahí de forma persistente (y masoquista) pues eso es dañino y no tiene ningún sentido, aunque sí una explicación: no sabemos cómo reanudar la vida sin esa parte tan amada de nosotros que murió, nos asusta la idea, y preferimos renunciar a ella. No sabemos cómo volver a vivir.
Creo positivamente que ninguno de nuestros hijos quisiera vernos sufrir mes tras mes, sin opción a sanar nuestro corazón destrozado. El amor que sentimos por ellos debe ser el motor que nos impulse a ser los padres y madres que nuestros hijos amaron (y aman, donde quiera que estén).

Un tema importante aquí es el de la fe o la espiritualidad que se tenga, pues eso constituye una gran diferencia en la vivencia de un duelo. En este tiempo tan centrado en el nacimiento de Jesús, si crees en Él tienes un punto a favor: Si te pones a pensar, María, la mujer que aparece en el pesebre feliz y asombrada, como toda madre que contempla la maravilla de su hijo, comprende bien tu dolor, tu rabia, tu injusticia,  tu pena honda... pues ha sufrido lo mismo que tú sufres hoy. María es quien mejor te entiende.

Si eres capaz de creer eso y aceptarlo en tu corazón, entenderás que tu realidad no es única, no es ajena al resto del mundo. Es necesario hacer un esfuerzo por dejar de pensar en ti, en tu sufrimiento, y abrirte a la posibilidad de la curación de tu alma, a la oportunidad de volver a amar, de volver a compartir tus sentimientos, de volver a ser tú. Ten la seguridad de que nadie sonreirá en ese instante más que tu hijo(a), que sentirá que por fin, deja de ser motivo de lágrimas y vuelve a ser motivo de amor.

Si no crees (agnóstico o ateo, da lo mismo), la situación es diferente, y sólo te puedo decir algo: si no hay un después, si no crees en un Creador, lo que toca es guardar el recuerdo de quien tanto amaste, fuerte, muy fuerte en tu corazón, y continuar tu camino, pues esa será la única forma de que tu hijo(a) amado(a) siga viviendo: a través tuyo. Además, así como tú sigues viviendo, otros también, y la bondad que el amor dejó en tu corazón puede hacer una diferencia para ellos. Tú puedes hacer mucho, en memoria de ese amor.

Si te gusta leer, hay un libro muy pequeño y sencillo que trae recomendaciones muy prácticas, que te pueden ayudar: http://www.librolibro.es/libro/superar-la-tristeza-en-navidad/9788428530071. Algo que también puede ser oportuno, si te resulta difícil pasar el proceso pero aceptas la posibilidad de recibir ayuda, es buscar un terapeuta o un consejero que te escuche y te ayude a encontrar un camino adecuado a tu vivencia en particular. Muchas personas, sin embargo, se sienten incómodas teniendo que estar físicamente frente a un extraño hablándole de algo tan personal, y para ellos, o para quienes tienes dificultades de tiempo/lugar, una opción excelente es la de terapia online, pues se adapta a tu necesidad de tiempo, y te permite recibir ayuda sin salir de tu casa. Personalmnete te recomiendo ingresar a http://www.fentpsicologia.com/terapia-on-line/ , es un excelente sitio web en el que psicólogos jóvenes y especializados pueden ayudarte y brindarte el soporte y acompañamiento que requieres, especialmente en estos días tan difíciles, sin necesidad de desplazarte o la tradicional cita en un consultorio. Puedes contactarte con ellos y ver si te acomoda.

Sea lo que sea que decidas hacer espero, de todo corazón, que decidas poner de tu parte un esfuerzo por empezar a curar tus heridas, y que en ese ánimo encuentres la forma para que estas fiestas sean más llevaderas y puedas vivir en paz este tiempo, que de seguro será difícil, usándolo para encontrarte contigo mismo, con tu dolor pero también con tu esperanza, con tus recuerdos pero también con tu presente, y así avanzar, día a día, para dejar de sobrevivir... y comenzar a vivir.

martes, 15 de octubre de 2013

Querida Meche, in memoriam

El día de ayer recibí una noticia sumamente triste: una amiga muy querida ha fallecido hace casi tres meses, y
yo recién me enteré. Ustedes dirán, bueno, era una persona adulta, mayor, es la ley de la vida, etc., etc., y es muy comprensible, pero para mí ha sido una noticia devastadora, no sólo porque era mi amiga, porque la quise mucho, ni porque fuera una mujer buena y generosa, como fue en verdad, ni porque sufrió víctima de una enfermedad dura e incapacitante. Me duele más porque fue una madre que se murió de pena.

La historia es corta y sencilla. A Meche la conocí cuando amabas teníamos dos hijos pequeños, éramos jóvenes y nos contábamos las cosas comunes en ese tiempo, cómo curarles el resfrío o la diarrea a nuestros niños, o cómo lidiar con los maridos. Era una mujer muy alegre, entusiasta, siempre con energía y ganas de sonreír. Se dedicaba a su familia y lo hacía con todo su amor. Fue una vecina excelente y una amiga genial. Poco antes de que yo me fuera de la ciudad, ella tuvo un tercer bebé, inesperado pero muy amorosamente recibido,  que completó su dicha: Gustavo. Luego de eso no tuvimos más contacto que alguna visita que hice a Piura en los primeros años, y luego una visita que ella me hizo como 20 años después. La vi rebosante de energía y felicidad, pues sus hijos estaban grandes todos y ella había retomado sus estudios universitarios iniciando una nueva carrera, seguía junto a su esposo, estaba muy dichosa.
Tiempo después me enteré que su hijo, el último, había sido detectado con cáncer y murió al poco tiempo, con sólo 22 años. Yo lo supe algo después, y le escribí. Yo había perdido ya a una hija pequeña, e imaginando cómo se sentiría, quise enviarle mi cariño y condolencias. Ella estaba muy tranquila y serena. Sé por ella misma que sufrió lo indecible, como toda madre que pasa por lo mismo, pero que afrontó su sufrimiento de una manera diferente: ella decidió no llorar. Se encomendó a Dios pero no lloró ni antes, ni durante ni después de la muerte de su hijo. Sin embargo, cuando con el tiempo, alguien le decía que era necesario que volcara su pena y desfogará su dolor, que era lo natural, ella trataba pero ya no encontraba la manera de hacerlo.
Me preocupó mucho algo tan particular, se lo comenté e incluso le hice algunas recomendaciones, pero nada me preparaba para lo que supe después. Un día me encontré con su cuñada, a quien conocía un poco, en un supermercado y me preguntó si sabía de mi amiga. Le pregunté a qué se refería y me contó que mi amiga estaba muy enferma, aunque no me lo había dicho: tenía un mal que le iba quitando el control muscular de su cuerpo, progresivamente, y aunque no tenía un diagnóstico claro, los pronósticos eran terribles. ¿Cuándo comenzó su mal? Poco tiempo después del fallecimiento de su hijo.
El pasado 8 de junio realizó su último post en el FB, pues al día siguiente hubiera sido el cumpleaños de su amado Gus. Siguió a su hijo tres años después.
A Meche la enfermó la pena que guardó en su corazón, y que se apoderó de ella aún cuando ella ya no quiso seguir haciéndolo así. Ni los médicos en nuestro país y en el exterior, ni todo el amor de su esposo ni el de sus hijos que la necesitaban y amaban pudieron hacer nada.
En sólo dos años se fue una mujer buena como el pan, alegre y entusiasta. Sé que nunca dejó de sonreír ni de tener fe y confiar en Dios, y que sus amigos y familia estuvieron siempre con ella, pues su nobleza fue un imán para muchos, a quienes deja un gran recuerdo de amor, de fe y de entrega a los demás.
Pienso en ella y se me parte el alma de pena, pues creo que podría estar ahora gozando con su familia, si tan sólo hubiera logrado superar ese dolor que le carcomió el corazón. Creo que su historia no debía acabar así. Ella fue muy valiente para soportar su enfermedad, y la admiro, pero creo que en su amor trató de no mostrar su pena, esa profunda que no podía evitar en el fondo de su alma y se obligó a no llorar en lugar de vivir su pena, de gritarla, de arrancarla a pedazos de su alma hasta que un día pudiera verla cara a cara, y aprender a vivir con ella.
Llorar no es de cobardes, es de seres humanos que sufren. Y es parte del mecanismo de la vida, vivir el sufrimiento, para luego dejarlo ir lentamente, hasta que queda en una parte muy importante del corazón, pero... permitiéndonos seguir adelante.
Cuando perdemos un hijo, se lleva al partir todo nuestro amor, el que les dimos y el que seguimos sintiendo por ellos. Quienes nos necesitan son los que están aquí, a nuestro lado, y es por ellos que debemos hacer el esfuerzo de sobrevivir un día a la vez, haciendo que ese amor nos impulse a despertar cada día para luego, poco a poco, volver a aprender... a vivir.
Yo sé que mi querida Meche, luchadora como fue siempre, estaría de acuerdo en ayudarme a hacer esto público para que su historia no se repita, y que me ayudaría sin pudor en esta cruzada para que nadie más cause a sus seres amados, aún sin desearlo, el dolor que nosotros sufrimos, ese que no nos deja vivir y nos hace desear la muerte...
Si su historia le sirve a alguien, su muerte no habrá sido en vano.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Hay para qué aunque no haya un por qué

Hoy recibí un comentario en el que un lector comenta que pese a su profundo e indescriptible dolor, y a lo difícil que le resulta lo mucho que extraña a su hijo, su separación le ha ayudado a ser más amoroso con su mujer y su hija. Yo no sé más de su situación y no pienso jugar a la "vidente", pero sí me parece maravilloso que él haya empezado a descubrir cosas positivas en medio de su pena.
Luego de responderle, encontré una historia muy inspiradora para los que creemos en Dios (realmente no sé cómo lo enfrenta una persona sin fe, atea) y por eso me animo a compartir con ustedes la idea y la visión que nos ha servido a muchos. La historia original se encuentra en http://www.renuevodeplenitud.com/.
Dice el relato que una familia había salido en una expedición de caza, y se detuvo para almorzar. Los niños jugaban a la sombra de un árbol, distantes de sus padres y del resto de los adultos del grupo. De repente, el padre de uno de ellos, pegó un salto y le gritó a su hijo: "Échate al piso" y éste lo hizo inmediatamente.
Todos se quedaron impactados al saber que una serpiente venenosa se había estado arrastrando por el árbol donde estaba el niño. Si lo hubiese mordido, habría muerto.
Sólo el padre del infante vio la serpiente, pero lo importante es que en medio de la emergencia obtuvo  la respuesta instantánea del chico ante su orden.  Cuando más tarde entre todos conversaban del suceso, el padre explicó que su relación era tan buena y basada en la verdad, el muchacho no vaciló ante la orden de su padre, pues confiaba en él y el padre contaba con ello.
Muchas veces nosotros pasamos por momentos de duras pruebas en las cuáles no entendemos nada, preguntamos "¿por qué?" y no obtenemos respuesta, porque no pensamos que Dios ve lo que nosotros no, y sabe lo que nosotros jamás podremos entender.
No siempre es posible saber lo qué Dios ha planeado para nuestras vidas, pero podemos hacer lo que hizo el hijo: confiar y seguir amando, sabiendo que Él está siempre listo para sostenernos y ayudarnos a enfrentar la vida, por más dura que se ponga.

Juan 15:4 "Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes".

miércoles, 21 de agosto de 2013

¿Estamos pensando en ellos o en nosotros?

Hace poco escribí que amar a veces es saber decir "adiós" (http://sobreviviendoanuestroshijos.blogspot.com/2013/06/amar-es-tambien-decir-adios.html). Quienes hemos perdido un hijo sabemos lo difícil que es y e el proceso de descubrirlo es largo y muy duro.
Encontré esta historia en la web. Tal vez le sirva a alguien (va con un abrazo).

LÁGRIMAS DE UN PADRE
Un hombre padecía lo peor que le puede pasar a un ser humano: su hijo había muerto.
Desde su muerte y durante años, no podía dormir. Lloraba y lloraba hasta que amanecía. Hasta que se le aparece un ángel en su sueño, y le dice:
-¡Basta ya de llorar!
-No puedo soportar no verlo nunca más- respondió el hombre.
El ángel le dice:
-¿Quieres verlo? Y al confirmarle que sí, lo toma de la mano y lo sube al cielo.
-Ahora lo vas a ver, quédate acá.
A una orden suya, empiezan a pasar un montón de niños vestidos como angelitos, con una vela encendida entre las manos.
El hombre dice:
-¿Quiénes son?
Y el ángel le responde:
-Son los niños que han muerto , y todos los días hacen este paseo con nosotros, porque son puros.
-¿Mi hijo está entre ellos? -preguntó el hombre.
-Sí, ahora lo vas a ver – le contestó, mientras pasaban cientos y cientos de niños-. Ahí viene.
El hombre lo ve, radiante como lo recordaba. Pero de pronto, algo lo conmueve: entre todos, es el único chico que tiene la vela apagada. Siente una enorme pena y una terrible congoja por su hijo. El chico lo ve, viene corriendo y se abrazan con fuerza, y entonces el padre le dice:
-Hijo, ¿por qué tu vela no tiene luz? ¿por qué no encienden tu vela como a los demás?
Su hijo entonces le responde:
-Papá, sí encienden mi vela cada día, igual que la de todos, pero..., ¿sabes? Cada noche tus lágrimas apagan la mía…

Cuando la muerte de un hijo nos golpea, algunos no queremos superarlo, no queremos aceptar lo inevitable, la separación que nada puede cambiar. Nos negamos a aceptar la realidad.
El tiempo no vuelve atrás y aunque el dolor es parte de la vida, a veces es tan terrible que uno pierde hasta el deseo de vivir.
Sin embargo debemos sufrir ese dolor y esa pena profunda sin olvidar que uno sigue aquí, y es por alguna razón. Poco a poco debemos esforzarnos por pensar en que debemos caminar hacia un día en que podamos secar las lágrimas y comenzar a mirar el mundo de nuevo con ojos limpios, no turbios por la tristeza, pero eso podremos hacerlo sólo si dejamos de pensar en nosotros y comenzamos a pensar en ellos.
Volver a vivir no significa olvidar o amar menos. Al contrario, significa hacer un esfuerzo grande para guardar por siempre en nuestro corazón nuestro amor, nuestra pena... y seguir adelante.

martes, 30 de julio de 2013

Entre lágrimas y euforia

El otro día, navegando por la red, me topé con este video de Alejandro Lerner, de hace muchos años atrás (1984, imagínense) sin encontrar ninguna versión actualizada. 
La canción se llama "Entre Lágrimas y Euforia", y la recordé cuando pasaba los peores momentos de mi vida. Conseguí el CD y me acompañó muchas noches cuando me sentía tan triste... que la ponía en mi reproductor y la escuchaba con audífonos, una y otra vez, hasta que agotada de tanto oírla y de tanto llorar, ya podía irme a descansar. 
No sé si a alguien le pueda interesar, pero... lo dejo igual.


martes, 9 de julio de 2013

Los hijos: un préstamo lleno de amor

Dicen que el texto que figura al final de esta nota pertenece al escritor José Saramago, Nobel de Literatura, aunque desconozco si es así. Sólo sé que  me parece hermoso y muy cierto.
Lo comparto aquí para que quienes hemos pasado por la experiencia de tener un hijo para perderlo después, recordemos que debemos agradecer siempre por su presencia en nuestra vida, haya sido de años o de días, pues lleva en sí misma la semilla del amor más grande.
Tal vez por eso mismo genera el dolor más profundo, pero nunca, nunca, ese dolor, esa tristeza, debe ser mayor que el amor. Ese amor es nuestra mayor bendición.
Un abrazo fuerte a todos.

"Hijo es  un ser que Dios nos  prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y, de nosotros, aprender a tener coraje. Sí. ¡Eso es! Ser madre o padre es el mayor acto de coraje que alguien pueda tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente de la incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo a perder algo tan amado. 
¿Perder? ¿Cómo? ¿No es nuestro? Fue apenas un préstamo... EL MAS PRECIADO Y MARAVILLOSO PRÉSTAMO ya que son nuestros sólo mientras no pueden valerse por sí mismos, luego le pertenecen a la vida, al destino y a sus propias familias. 
Dios bendiga siempre a nuestros hijos pues a nosotros ya nos bendijo con ellos"

domingo, 2 de junio de 2013

Amar es también decir adiós

En unos días se cumplirá un año de la muerte de Camila Sánchez Herbón, una bebé de tres años que jamás sintió las caricias de su madre ni su angustia ni su lucha por el único derecho que rogó para su hija: una muerte digna.

En este blog compartimos los padres que tuvimos que resignarnos a la separación de nuestros hijos, y muchas veces no logramos superarla, y en ese contexto una historia así pareciera no tener lugar, pero quisiera compartirla pues, por el contrario, creo que puede ayudarnos a comprender el valor auténtico de la vida y del amor, que no tiene relación con el tiempo ni con la trascendencia de lo vivido.

Tras un parto complicado, la niña nació muerta, pero se la reanimó durante 20 minutos y se la conectó a un respirador. “A partir de ese momento todo fue tristeza", dijo la madre, Selva. Como no respondía a  ningún estímulo, llenos de amor y esperanzas  la sometieron a diferentes tratamientos de estimulación, pero jamás logró recuperar ninguna función. No oía, no sentía, no hablaba, no se movía ni tenía conciencia, hasta que le declararon "estado vegetativo permanente", y comienza para los padres un proceso en el que deben definir qué tipo de “vida” está teniendo su hija, sólo sostenida por soportes de vida artificiales (que la proveen de alimento, agua y aire) y cómo deben actuar, queriéndola como la quieren.

La madre confesó en una entrevista que, alentada por una terapeuta, le permitieron intentar una estimulación de reflejo en el interior de la boca de la bebé, descubriendo que ni siquiera tenía reflejo de vómito, al sentir la manipulación. Cuando los padres toman conciencia de la vida artificial de su hija, y de que su condición irreversible sólo marcaba una permanencia de latidos originados en una máquina, inician una lucha para que los médicos pudieran retirarle los soportes a una criatura  que no vivía “una vida digna de ser vivida", y que merecía continuar con el destino natural que esperaba por ella.

En medio de una gran controversia pública y un engorroso proceso legal en diversas instancias del Estado, los padres lucharon por amor, conscientes de que llevaban “un duelo muy largo”. “Mi hija agoniza desde hace tres años. ¿Alguien sabe lo que eso significa?", declaró la madre.

Camila falleció el jueves 07 de junio del 2012,  en el Centro Gallego de Buenos Aires, tras promulgarse la Ley de Muerte Digna que entró en vigencia sólo unos días antes, y la convirtió en la primera persona en Argentina en acceder a una muerte de esta naturaleza, al serle retirados los soportes mecánicos. Su madre afirmó al respecto: "Siento en el corazón que Camila ya está en paz”, añadiendo que la pequeña "pasó por este mundo y nos dejó más derechos a todos. No fue en vano tanto dolor y sufrimiento".

Luego de conocer una historia tan terrible como humana, me queda la certeza de que a veces el amor requiere de decisiones inesperadas, que nos hacen superarnos a nosotros mismos más allá de nuestras expectativas. A veces el amor necesita de fuerza y coraje más que de gestos tiernos, como cuando debemos enfrentar el hecho de que es necesario dejar ir a nuestros hijos.... sabiendo que ya no los volveremos a ver ni abrazar.

Desde este humilde espacio, un abrazo solidario para los padres de Camila, para su hermana Valentina, y para todos los papás y mamás que un día, sin pensarlo ni quererlo, tenemos que decir adiós, poniendo en ese último gesto... todo nuestro amor.

domingo, 28 de abril de 2013

El dolor no tiene bandera, ni raza, ni color


El otro día estuve viendo las estadísticas de este blog, y encontré que tiene visitas registradas de muchos países que no imaginé siquiera, principalmente de México (6982), España (3432), Argentina (2651), Colombia (2390), Chile (2093), Estados Unidos (1959), Perú (1801), Venezuela (1348), Ecuador (977), y Guatemala (272).
Al ver esto me invadió una sensación de hermandad muy grande, una ligazón con hombres y mujeres de
todas partes, que nos hemos unido en el momento más difícil: el de perder a un hijo.
Creo que de eso se trata, de pasar por encima de la geografía, la economía, la política y todo lo demás, y unirnos para darnos fuerza, para compartir nuestras experiencias y ayudar a otra persona que las pueda necesitar esa mirada humana, comprensiva, de quien ya pasó lo que otro está pasando en ese momento, y ....sobrevivió.
Cuando yo atravesé los peores momentos de mi vida, cuando murió mi hijita, sentía que los demás me daban palabras de aliento con muy buena intención pero que no sabían de lo que hablaban. Aquí sí lo sabemos, y por eso te escuchamos y te comprendemos.
Gracias por visitar este sitio, que no es un espacio para el dolor, sino, todo lo contrario,es una cadena de fe, de esperanza  y de solidaridad humana.
Un abrazo fuerte,

Luzma

sábado, 13 de abril de 2013

Nadie te ama como yo

Muchas veces, en los momentos de dolor, no puedo rezar, sin embargo alguna canción se cuela por mi mente y me ayuda a hablar con Dios.
Esta canción, me impactó mucho cuando la escuché por primera vez, pues refleja lo que Jesús te diría si pudieras escucharlo. Yo creía que el amor más grande es el de una madre, pero la verdad es que Dios nos ama más, y Jesús dio su vida para que lo pudiéramos entender.
En el dolor de la pérdida irremediable, pensamos que Dios nos ha abandonado, y no caemos en la cuenta que muchas veces somos nosotros los que lo hemos dejado solo a Él.
Sé que tal vez tu pena es terrible, un pozo oscuro sin fondo en el que no terminas de caer. Yo he estado en él, pero Jesús me ayudó a salir nuevamente a la vida.
Escucha esta canción, de la mano y la voz de Martín Valverde. Espero te sirva para comprender que nadie te ama como Dios...

miércoles, 3 de abril de 2013

Seamos instrumentos de consuelo en el dolor

Uno de los grandes cuestionamientos que mucha gente realiza cuando ve a un padre o madre que ha perdido un hijo, y aún no supera la pérdida, es: "¿Cuánto tiempo va a estar así?"
Desde mi experiencia, el tema no debiera ser el tiempo, sino lo que se busca alcanzar al cabo de ese tiempo.
El proceso de luto y duelo es un período que permite a los sobrevivientes adaptarse a la pérdida del ser querido. De ese proceso he publicado anteriormente, de modo especial en http://sobreviviendoanuestroshijos.blogspot.com/2013/03/la-necesidad-de-encontrar-un-camino-el.html, y las etapas ahí indicadas se verifican una y otra vez, con muy pocas excepciones, sin embargo, a veces las cosas se desarrollan de manera distinta los  porque que sufrimos no sólo no colaboramos, sino que jugamos a favor del dolor. Por ello es importante ser conscientes de qué es lo que esperamos, preguntarnos ¿qué es lo que YO quiero encontrar, al final de este túnel? Si sólo queremos seguir llorando, seguir sufriendo, habrá que esperar. El momento llegará, en que se desee volver a vivir.
Aunque cada caso es diferente, los padres en un inicio esperamos recuperar a ese hijo o hija a cuya pérdida nos resistimos con uñas y dientes. El dolor es tan profundo y lacerante que no hay nada más. Pero luego de un tiempo, aceptamos esa imposibilidad y recién entonces abrimos los ojos y vemos el mundo que nos rodea, el cual ha seguido girando mientras nosotros estábamos en un agujero negro, estático, frío y sin salida. Mientras la persona está en esa situación, poco puede hacerse, salvo rodearla de tanto amor, que la proteja y lentamente la vaya ayudando a aflorar a la superficie. Cuando decide comenzar a salir,  tenemos que subirnos a ese mundo que nos dejó atrás, y es como subir a un vehículo en movimiento: Muy difícil.
Y es aquí donde la foto tiene sentido. Yo creo en Dios, aunque respeto que otros no lo hagan, pero en mi caso, fue la fe lo que me devolvió la cordura y me permitió sanar. Cuando comencé a ver a Dios en la paciencia de mi familia, en la tolerancia y delicadez de mis amigos, en las oportunidades que puso a mi alcance, en cada lectura que me dio un pequeño consuelo o un punto de reflexión sobre el cual girar, comencé a mirar hacia afuera y dejé de encerrarme en mi dolor.
Si uno cree en Dios, debiéramos rezar para que actúe en el espíritu sufriente de esa persona, pero sabiendo que Él obras a través de las personas: nos necesita. Si no le damos nuestras manos.. ¿cómo obrará?
desde esa perspectiva, creo que la pregunta no debiera ser "¿Cuánto tiempo va a estar así?", sino que debiera convertirse en: "¿Qué estoy dispuesto a hacer por él, por ella?" Y entonces nos toca el turnos de hacer un compromiso de amor, para con ese padre o esa madre, que permita acompañarlo en silencio, rodearlo de cariño, tenerle paciencia infinita, y hacer ese trabajo sencillo y lento que dará, como resultado final, un corazón que sangre cada día un poco menos, hasta que, una vez que deje de sangrar, empiece a sanar.
No le demos consejos a quien perdió un hijo. Démosle nuestro amor.

sábado, 30 de marzo de 2013

Sobre la Esperanza de la Resurrección


Mañana es Domingo de Resurrección, y para los católicos esa es  la fecha principal del año litúrgico: la Pascua.
Quienes hemos perdido un hijo, a veces vemos con otros ojos este tipo de celebraciones, como que nos impacta menos, porque el dolor de la pérdida nos invade aún y perdemos la fe y la esperanza. Sin embargo, podemos superar esa etapa y volver a creer, y si creemos, podemos encontrar una mayor esperanza y fuente de consuelo. 
Personalmente, para mí la fe que profeso sería una mera filosofía sin la resurrección. Y yo creo en ella. de hecho creo que un día me reencontraré con mi hija, y con todos quienes me precedieron; no sé cómo será, pero confío en esa promesa. 
Para aquellos que se interesen, les dejo un texto sobre el Domingo de Resurrección y la fuente al final del mismo. El resaltado de textos, es mío.
El Domingo de Resurrección o de Pascua es la fiesta más importante para todos los católicos, ya que con la Resurrección de Jesús es cuando adquiere sentido toda nuestra religión. Cristo triunfó sobre la muerte y con esto nos abrió las puertas del Cielo. En la Misa dominical recordamos de una manera especial esta gran alegría. Se enciende el Cirio Pascual que representa la luz de Cristo resucitado y que permanecerá prendido hasta el día de la Ascensión, cuando Jesús sube al Cielo.
La Resurrección de Jesús es un hecho histórico, cuyas pruebas entre otras, son el sepulcro vacío y las numerosas apariciones de Jesucristo a sus apóstoles.
Cuando celebramos la Resurrección de Cristo, estamos celebrando también nuestra propia liberación. Celebramos la derrota del pecado y de la muerte.
En la resurrección encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar?
Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues podemos estar seguros de que, después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios para siempre.
San Pablo nos dice: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe” (I Corintios 15,14). Si Jesús no hubiera resucitado, sus palabras hubieran quedado en el aire, sus promesas hubieran quedado sin cumplirse y dudaríamos que fuera realmente Dios. Pero, como Jesús sí resucitó, entonces sabemos que venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda nuestra vida adquiere sentido.
La Resurrección es fuente de profunda alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir más con caras tristes. Debemos tener cara de resucitados, demostrar al mundo nuestra alegría porque Jesús ha vencido a la muerte. La Resurrección es una luz para los hombres y cada cristiano debe irradiar esa misma luz a todos los hombres haciéndolos partícipes de la alegría de la Resurrección por medio de sus palabras, su testimonio y su trabajo apostólico.
Debemos estar verdaderamente alegres por la Resurrección de Jesucristo, nuestro Señor. En este tiempo de Pascua que comienza, debemos aprovechar todas las gracias que Dios nos da para crecer en nuestra fe y ser mejores cristianos. Vivamos con profundidad este tiempo.
Con el Domingo de Resurrección comienza un Tiempo pascual en el que recordamos el tiempo que Jesús permaneció con los apóstoles antes de subir a los cielos, durante la fiesta de la Ascensión.

martes, 12 de marzo de 2013

La necesidad de encontrar un camino: El proceso de duelo


Navegando por la web encontré el sitio “Experto en Psicología” y de él copiaré un texto que me parece muy claro y útil para todos los que en algún momento pasamos por estas terribles experiencias de pérdida, o incluso para quienes desean comprender a quien está en una de ellas. Lo transcribo a continuación para ustedes. Un abrazo.

¿En qué consiste un duelo?

A lo largo de la vida nos encontramos con múltiples pérdidas, desde la muerte de seres queridos (padres, hermanos, pareja, amigos, etc.) a la pérdida de trabajo/s, rupturas de pareja/s, muerte de mascotas, cambios de residencia, etc. Como podemos ver vivir pérdidas es mucho más frecuente de lo que pensamos, de hecho es una parte inevitable de nuestra vida, y parece que en ocasiones no somos conscientes de que cualquier tipo de pérdida merece nuestra atención, es decir, necesita su periodo de duelo.

Proporcionar información sobre el duelo pretende ayudar a llevar (un poco) mejor este difícil proceso, y también facilitar el acompañamiento de seres queridos que se encuentren en estas situaciones.

El duelo es un proceso de elaboración, natural y adaptativo, que consiste en la integración de la experiencia de pérdida, al final del cual, lleva a la persona a experimentar un cambio profundo en su identidad.

Se ha escrito mucho sobre los duelos y coexisten diferentes modelos explicativos, vamos a quedarnos con el modelo de tareas/necesidades del duelo, el cual considera la elaboración del duelo como un proceso durante el cual la persona tiene diferentes necesidades y tareas que resolver para ir avanzando.

Veamos con un poco más de detalle qué ocurre en cada etapa, acompañado de relatos de testimonios que facilitan la transmisión de cómo nos podemos sentir en cada momento:

1. En un primer momento nos encontramos con la etapa de aturdimiento y choque. Es cuando la persona recibe la noticia, la conmoción del impacto amenaza la capacidad de reacción de la persona, por lo que se ponen en marcha reacciones tales como aturdimiento, descreimiento, negación, confusión, etc. La función de estas reacciones es mitigar el input de la noticia para preservar nuestra integridad. En otro extremo también se pueden dar reacciones  agudas de llanto, desesperación, etc. De hecho no es extraño que ambas reacciones coexistan, ya que oscilar entre mecanismos de evitación y de aproximación es el intento de manejar lo que sentimos. Por tanto la tarea principal de esta etapa es manejar los aspectos más traumáticos de la pérdida.
“Cuando el médico me dio la noticia me quedé conmocionado. No sé qué me pasó, no podía hablar. Salí de la sala y eché a correr, me di de bruces con la pared y empecé a golpearme la cabeza, no podía parar. Tuvieron que sujetarme.” (Joaquín)*

2. Pasado un tiempo (días, semanas o meses), aparece la etapa de evitación y negación. Ahora aparecen maniobras inconscientes para hacer de barrera protectora ante el impacto del dolor. Se puede reaccionar negando los hechos, minimizándolos, o bien manteniéndose muy activado/a, experimentar una culpa excesiva o rumiaciones obsesivas, etc. Estas estrategias inconscientes de rechazo-evitación permiten una asimilación más progresiva de la dolorosa realidad. La tarea principal de esta etapa consiste en ir disolviendo progresivamente las estrategias protectoras de distorsión-evitación e ir aumentando la tolerancia al dolor.
“No me quiero hacer a la idea de que no volverá. Cuando me vienen pensamientos a la cabeza, los aparto. No sé si hago bien o no, pero es muy importante para mí no aceptar que no volverá. Intento imaginarme que está de viaje. Es lo único que me ayuda ahora. Tengo todo como él lo dejó…. Él sigue viviendo aquí. No quiero aceptar; aceptar es olvidar, aceptar es abandonar."
(Susana, tres meses después de la muerte de su esposo)*

3. A medida que va disminuyendo la necesidad de evitar y rechazar, la persona se va sintiendo más preparada para afrontar la realidad.  Es la etapa de conexión e integración, ahora se ponen en marcha respuestas de afrontamiento orientadas a conectar con la realidad (dolor, tristeza, culpa, hablar de la relación, abandonarse al dolor, realizar rituales de conexión como visitar lugares asociados al ser querido, etc.). Estas respuestas permiten llevar a la conciencia aspectos de la relación con el ser perdido y explorarlos con el objetivo de asimilar la vivencia y dotarla de significación emocional y cognitiva.
“Al principio decía a la gente: “a mi hijo me lo han matado”. Después: “mi hijo ha muerto en un accidente de coche”. Ahora ya no busco más culpables, ahora me digo: “qué más da cómo haya muerto, sólo sé que le  echo mucho de menos, y que necesito hablar de todo lo que me falta de él”*

4. Finalmente, si se han ido elaborando progresivamente los aspectos más traumáticos, defensivos y relacionales, llegamos a la etapa de crecimiento y transformación, en la cual se va produciendo una reorganización de nuestro mundo interno con relación al ser querido perdido, a uno mismo y a la vida en general. De manera que en un duelo elaborado la persona debe haber ido más allá de su estado anterior y convertir de forma natural esta experiencia en un crecimiento personal. En esta etapa final algunas de las creencias o esquemas nucleares que teníamos se ven substituidos por nuevas creencias que incorporen la significación emocional de la pérdida.
“Jenica:
En vez de brazos que suspiran por acunarte, me has dado brazos para acercarme a otros padres que han perdido a un hijo. En vez de ojos llenos de pena por no poderte ver crecer más, me has dado ojos que pueden admirar la belleza de cada nuevo día.
En vez de oídos que añoran escuchar las palabras “te quiero, papi”, me has dado oídos para escuchar a otros que tienen el corazón roto. En vez de labios que quisieran besar tus lágrimas, me has dado labios que me han enseñado a decir: “entiendo tu dolor, yo he estado donde estás tú ahora”.
En vez de un alma sin dirección ni propósito, me has dado la esperanza de que ciertamente hay un lugar eterno donde todos nos reencontraremos algún día. En vez de ser un padre que se toma la vida a la ligera, has dado a tus hermanos y hermanas un padre que aprecia cada momento del día. En vez de un corazón destrozado por el dolor, me has dado un corazón que se abre a los demás. En vez de una mente llena de resentimiento, autocompasión y rabia, me has dado una mente que entiende el regalo precioso que es la vida.
Te quiero dar las gracias, ángel mío, por todos estos presentes que me has dado. Intentaré hacer lo mejor para vivir mi vida de manera que te haga sentir orgullosa de mí tanto como yo lo estoy de ti.
Espero que continúes compartiendo conmigo estos regalos, pues ahora sí que estoy dispuesto a aceptarlos y comprenderlos. En el día de tu cumpleaños, TU PAPI”.* 

El proceso de duelo es un camino que al principio es duro, árido, doloroso, hay muchas piedras y curvas, momentos en los que nos rendiríamos, otros en que retrocedemos, pero poco a poco se va volviendo más luminoso, esperanzador, nutritivo, llevadero, y cuando llegamos al final del camino nos damos cuenta que no somos la misma persona, algo ha cambiado, la experiencia del camino nos ha convertido en un ser mejor.

* Fragmentos extraídos de Payás P., Alba (2010). Las tareas del duelo. Ed. Paidós
Autora: Teresa Jounou

Fuente: http://www.expertoenpsicologia.com/1/post/2013/01/en-que-consiste-un-duelo.html

lunes, 31 de diciembre de 2012

Un nuevo año y el reto de volver a vivir

Sin importar el dolor que pueda haber hoy en tu corazón, tú estás vivo, viva, y tienes una misión: volver a amar y hacer que ese amor de frutos. Porque eso es lo que desearían nuestros hijos, aquellos que partieron y nos dejaron desolados de tristeza.
No festejes, si no deseas hacerlo, pero si crees en Dios, dale gracias porque, fuera como haya sido, compartiste la vida, compartiste el amor, y eso, siempre, es un regalo.
Deseo en este nuevo año que tu corazón sane y puedas, como muchos antes que tú, y de seguro como muchos más después, volver a sonreír y volver, no a sobrevivir, sino a VIVIR.



viernes, 21 de diciembre de 2012

¿Cómo vivir la Navidad cuando sufres por el hijo que perdiste?

Hay mujeres que por alguna razón pueden superar más rápidamente la muerte de un  hijo, pero para otras, la pérdida de un hijo pequeño, más aún un bebé o recién nacido, la época de  Navidad puede no ser un tiempo de alegría y entusiasmo, sino todo lo contrario, un momento que aviva el dolor, en lugar de brindar consuelo. Al menos esa fue mi experiencia.

Por dos años, los villancicos que hablaban del "Niño en la cuna" y de la alegría por el "nacimiento del Salvador",  me llenaban de rabia pues me sentía vacía de amor, y todo me parecía falso, ajeno. El gozo de la Virgen me parecía horrible, porque mi sufrimiento no cedía y la idea de la unión familiar me parecía vacía y sin sentido. Todo me sonaba a mentira, a farsa, porque mi corazón seguía destrozado. Reconozco que odié con todas mis fuerzas los adornos, los nacimientos (belenes), los preparativos y toda la fiesta navideña. De hecho el primer año no hice absolutamente nada navideño en mi hogar y el segundo, a regañadientes, le pedí a mi hija pequeña que pusiera algo ella, porque yo no estaba de humor para nada de eso.

En eso estaba, cuando el mismo 24 viví  una experiencia que resulta demasiado extensa para relatar, pero que me hizo aprender dos cosas:
  1. Pese a toda mi ira y mi dolor, yo seguía siendo cristiana, me gustara o no, y que el nacimiento de Jesús, el Hijo del Dios, era más importante que mi pena, aunque pareciera insensato decirlo.
  2. También aprendí que creo en Jesús, un Dios que me permitió concebir y cobijar dentro mío a la bebé más hermosa que amé con todo mi corazón. Sí, sé también que luego la perdí y me volví loca de dolor, pero nada de eso fue por Él, porque no creo que se lleve "angelitos al cielo".  En absoluto. Creo que, más bien, que mi Padre sufrió conmigo, y es tanto su amor que esperó a que mi rabia y mi desesperación amainaran, a que secara mis lágrimas y dejara mi ira a un lado, para entonces permitirme descubrir su rostro ahí, frente a mí, sonriéndome comprensivo.

Comparto esto porque tal vez sea la vivencia de otras madres, y espero no se sientan mal, pues es algo involuntario, que puede experimentar cualquiera en una situación de perdida. Tal vez leer esto les sea de ayuda. Aprovecho y les dejo una lectura muy conocida, pero que en estos días de Navidad, puede ser especialmente iluminadora.

HUELLAS EN LA ARENA

Una noche tuve un sueño...

Soñé que estaba caminando por la playa con el Señor, y a través del cielo, pasaban escenas de mí vida. Por cada escena que pasaba percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena, uno era mío y el otro del Señor.

Cuando la última escena pasó delante de nosotros, miré hacia atrás y noté que algunas veces, en el camino de mi vida, quedaba solo un par de pisadas en la arena.  Noté también que eso sucedía en los momentos más difíciles y angustiosos de mi vida. Eso realmente me perturbó y pregunté entonces al Señor:

"Señor, tú me dijiste, cuando decidí seguirte, que estarías siempre conmigo durante todo el camino, pero durante los peores momentos de mi vida había solo un par de pisadas... No comprendo por qué tú me dejaste en las horas en que yo más te necesitaba".

Y el Señor me respondió:
"Mi querido hijo, Yo te amo y jamás te abandonaría en los momentos de sufrimiento. Si viste en la arena sólo un par de pisadas cuando flaqueaban tus pasos,  no se ven tus pisadas  porque entonces Yo te llevaba en mis brazos".


Isaías 49,16
"Mira cómo te tengo grabado en la palma de mis manos".


Los hijos que parten con la aurora


En un post anterior (http://sobreviviendoanuestroshijos.blogspot.com/2012/10/que-es-la-vida.html), una lectora compartió  con nosotros el texto de líneas abajo. Su calidad y su capacidad de reflejar la experiencia por la que muchos hemos pasado, amerita que vuelva a publicarlo aquí.

LOS HIJOS QUE PARTEN CON LA AURORA

Los hijos que parten con la aurora, ¿adónde van?

¿Qué misteriosa llamada no han podido resistir sus jóvenes destinos? ¿Qué hicieron ellos con nuestro amor y con sus plegarias?

La noche ilógica no dejó que el alba diera a luz el día. Apenas unos pasos separan a veces la tumba del abismo. El tiempo es corto entre la sonrisa que lo arrullaba todavía ayer, y el cielo tabicado de una tumba.

El río no hallará nada de todo lo que le prometían sus sueños: la caricia ruda de las rocas, los besos de las hierbas y las hojas, el galopar por la cumbre de la montaña y por el raso indolente de los prados. -Apenas nacido, el océano ya lo ha tragado.

Los hijos que parten con la aurora nos dejan con nuestros besos perdidos y con el peso de nuestro cariño inútil. Nos dejan con ese amor que nos tritura, que arrastra sus cruces y pesares. -Nuestros besos perdidos y nuestras amarguras que, éstos sí, jamás nos abandonan.

Y se nos dice: «La vida sigue y sigue. Tenemos que seguir también con ella». Pero nosotros, con la obstinación de pobres gentes que nada entienden del fragor de su futuro aniquilado, nosotros nos preguntamos: «¡Qué importa el camino que lleva hasta la tarde si hemos de marchar sin nuestro hijo!». Aquél que roba nuestros hijos, roba también el sabor de los frutos del jardín de la tierra, roba la esperanza de las estrellas y la calma de las horas. Y hace del cielo un mármol frío donde yacen nuestras súplicas. Nuestras súplicas; ¿quién las oye? ¿quién las oirá jamás? Si el cielo oyera las plegarias de una madre, el mármol se quebraría y su hijo volvería.

Los hijos que parten con la aurora, ¿lloran pensando en nosotros? ...¡No!, ¡escuchadme!; detrás del velo, los hijos sonríen. ¡Ya no tienen miedo, ya no sufren más! A las puertas del cielo dejaron sus lágrimas, las abandonaron en nuestras mejillas. Allá arriba, los hijos sólo saben reír. El reír de los que juegan con las estrellas, de los que juegan a trapecistas con el arco iris. No se llora cuando se juega en las dunas de las luces que ondean hasta el infinito, cuando se sabe que el infinito no desemboca en la nada, sino en otros horizontes, en otro azul, en otros cantos, en otros amores.

El tiempo de los ángeles es más corto que el de los hombres, porque los ángeles no tienen aquí su casa. Por eso son ellos viajeros de la aurora.

Cuando pases la frontera de las lágrimas y de la rebeldía, entrarás en la claridad que ese ángel te ha dejado y que tú sigues sin ver. Entonces crecerás hasta alcanzar la hora que te lleve a él.

¡Vuestros hijos son felices! Juegan a la rayuela en las calles del cielo, pero en su rayuela ya no hay infierno. ¡Son felices! Corren riendo por la movediza arena azul del firmamento. Su paso no es indeciso, ni dudoso su vuelo por encima de los rabiosos océanos, de los torrentes y volcanes, por encima del estuario del tiempo por donde van nuestros destinos.

Vuestros hijos os hablan. ¿No los oís? Ellos os dicen: «Si me amáis, no dudéis que sigo vivo. ¡Estoy vivo! ¿No sientes que mi mano acaricia tu rostro? ¿No sientes en tu pelo el aliento de mis besos? No hay ningún cariño inútil, ninguno de tus besos se ha perdido; yo los recojo. ...Ahora soy yo el que vela por ti: La vida es una cuna y somos nosotros, vuestros hijos del allá, los que nos inclinamos sobre vosotros. Cuando ya no te sientas angustiado, entonces por fin entenderás mi voz».

Los hijos que parten con la aurora no son hijos de la noche; están en el corazón del día. -Para nosotros, las estaciones desaparecen y creemos que nos arrastran hacia la tarde, hacia un horizonte de pobres esperanzas. No vamos hacia la tarde, sino hacia la aurora de nuestros hijos. Ellos nos esperan puesto que nunca nos dejaron. En la aurora de nuestros hijos está ya nuestra propia eternidad.

domingo, 28 de octubre de 2012

¿Qué es la vida?

Acabo de responder un comentario de una joven madre que perdió a su bebé a las 12 semanas de espera. Ella ha escrito al blog en el post inicial del mismo, en el 2010, y al responderle confirmo una vez más el valor de un medio como éste: podemos unirnos y apoyarnos sin importar el tiempo transcurrido. las palabras siguen ahí, y el sentimiento también.
Sin embargo, la vida sigue pasando, cada día, y para unos es sólo una sucesión de días, para otros una sucesión de oportunidades de vivir, un día tras otro.
Por un tiempo largo la vida para mí fue lo primero. Un túnel oscuro que no me mostraba luz por ningún lado. Era un tedioso levantarme cada día para continuar "viviendo". Ni mi esposo, ni mis hijos, ni nada en mi entorno hacía que cambiara mi forma de sentir, por más que lo quería. Pero pasó el tiempo,   y entre el amor de mi marido (y su paciencia infinita) y el de mi familia (y su paciencia infinita), mi corazón empezó a sanar y entendí que sería un camino largo, muy largo, pero que ya me mostraba un poco de luz al final.
Hoy mi vida ya es nuevamente una vida, y puedo mirar atrás con perspectiva, esa que me permite tratar de ayudar, con un granito de arena, a otras personas.
Por eso, estoy aquí, para compartir esa esperanza con todo el que la busque. Para compartir mi experiencia (y la de otras personas) con todo aquel que las considere válidas para su vida. Para acompañar a quienes aún no desean volver a vivir, y sólo pueden aspirar a sobrevivir.
Aquí estamos para ustedes.

martes, 24 de julio de 2012

Cómo vivimos con tanto dolor

Hay enfermedades que han tomado un gran protagonismo en las últimas décadas, como por ejemplo el cáncer, el mal de Alzheimmer, entre otras. Sin embargo creo que una de las más preocupantes es el estrés, que no es otra cosa que una respuesta psicosomática, es decir, una respuesta del cuerpo a una preocupación de la mente o el espíritu.

Cuando alguien pierde un hijo, el sufrimiento es tan profundo y queda tan inconsolable que fácilmente las personas desarrollan males físicos que sólo tienen su origen en lo más profundo de su alma.
Cuando me pasó a mí, desarrollé un dolor intenso en el abdomen que yo pensé sería una consecuencia de la cesárea de emergencia que me realizaron y que, en lo secreto de mi corazón, esperaba me llevara a un final fatal para poder reunirme con mi hija.

Después de aguantar en silencio el dolor por varios días, y ya segura de que no me mataría, decidí consultar al médico y me disgnosticó un problema de colon por estrés agudo. Hace poco, recordando ese episodio, estuve navegando y conversando con varias personas sobre el tema, por lo que publico aquí los síntomas más comunes de este mal, para que puedan ser identificados y faciliten que la persona reciba atención médica. El dolor por la pérdida no pasará, pero es necesario enfrentarlo con un cuerpo tan saludable como sea posible para no hacer más difícil algo que nadie puede aliviar.

Entre las respuestas emocionales más comunes están: 
Problemas de memoria, miedo, ataques de ira que se presenta sin razón, depresión, cambios inesperados de humor, setimiento de culpa y, muchas veces, deseo de venganza.

Entre las manifestaciones físicas se puede encontrar: 
Nauseas, palpitaciones, crisis alérgicas, opresión en la garganta o el pecho con sensación de falta de aire o ahogo, dolores de cabeza, dolor abdominal agudo, cambios en el apetito (poco o mucho), ficicultad para dormir, fatiga constante, , punzadas en el pecho, pérdida de fuerza, aparente dificultad para tragar, etc. Si usted, que lee estas líneas está pasando por esta dolorosa experiencia, es conoce a alguien que lo está, ponga atención a lo anteriormente expuesto.

Sé bien que el padre o madre daría todo en el mundo porque su hijo o hija volviera a sus brazos, pero eso no sucederá, y maltratarse físicamente tampoco lo hará. Sólo lo convertirá en alguien que posterga el necesario proceso de aprender cómo amar a la distancia. Si lo piensa con un poco de calma, cuidarse será una forma de acercarse a su ser amado, diciéndole: "por ti, trataré de estar mejor, para seguir amándote por siempre".


No se trata de no llorar o de pretender que "ya volteamos la página". Sólo hablo de elegir vivir para amar a nuestros hijos, estén con nosotros o no, en lugar de convertirnos en un nuevo problema para alguien.
Hablo de que nuestros hijos estén orguillosos de nosotros y del amor que les demostramos, estén donde estén.

domingo, 2 de octubre de 2011

Compartiendo el dolor, la esperanza y el amor


El pasado 27 recordamos 13 años desde que nuestra pequeña belleza se fue luego de sólo 12 días de estar entre nosotros. En ese breve tiempo nos dejó su dulzura y su ternura, y quedamos con ella en una deuda impagable que llevaremos hasta el día en que nos volvamos a ver.

En la misa y en el cementerio, dejándole una flores, pensaba cómo fue que logré sobrevivir. Contra lo que suelo hacer, ese día recordé cómo me sentía al principio, ese vacío hondo y oscuro en el que creía caer sin fin, ese no ser comprendida por nadie, ese querer morirte como única vía para dejar de sufrir.

Y aquí estoy. Con una nueva pequeña ya de 11 y un matrimonio que si bien sufrió en el proceso hoy sigue a pie firme su camino.

¿Qué hicimos? Nada que tú o alguien que esté sufriendo lo mismo no pueda hacer: darse tiempo, permitirse el dolor y el proceso de sufrirlo, abrir las puertas a la fe y a la ayuda de quienes tienen la capacidad para darla, y confiar en que en el plan de Dios todo tendrá sentido un día... No hay dolor más grande en la vida, pero también es la oportunidad más grande que tenemos para decirle a Dios: "gracias por lo que me diste y por lo que hoy me das". Sé que algún día nos contestará.

Un abrazo fuerte para todas las madres que sufren o han sufrido una pérdida como ésta. Estamos unidas, no en el dolor, sino en el amor.

jueves, 19 de mayo de 2011

No sé qué hacer después de su muerte...

La  siguiente es una adaptación de un artículo que hallé en la red y que contempla de un modo muy profesional sugerencias de posibles alternativas de superación de la pérdida.

Un padre no debería tener que enterrar a un niño. La muerte de un niño parece como algo “fuera de lugar”, “fuera de orden” y equivocado. Cada fibra de nuestro ser llora diciendo “¡no es justo!”, y realmente no lo es, porque la justicia no tiene nada que ver en esto... El dolor se va haciendo más grande con los días, conforme vamos “aterrizando” en la nueva realidad y uno se da cuenta que este es uno de los momentos más difíciles y dolorosos en la vida.
No solo sentimos el dolor por la pérdida de nuestro hijo sino también la pérdida de nuestros sueños y esperanzas para el futuro. Nuestros peores temores se han hecho realidad y nos sentimos responsables de haber fallado en el sagrado deber de proteger a nuestro hijo. Nuestra vida estaba centrada en él y parece que nada más importa, como si la vida ya no mereciera ser vivida.
Usted está viviendo una pesadilla por la cual nadie debería tener que pasar y el dolor es el precio que usted tiene que pagar por amar.

¿Qué me está pasando?
El dolor es una reacción natural y normal ante la pérdida. Es una respuesta física, emocional, espiritual y psicológica. Es un proceso complejo que afecta cada aspecto de su vida. Amor, ira, miedo, frustración, soledad y culpa son una parte del dolor.
Las reacciones físicas hacia el dolor pueden incluir cambios en el apetito, falta de sueño, irritabilidad, suspiros, llanto, molestias estomacales y “dolor en el corazón”. Puede sentirse enojado con su cónyuge o al menos perder todo interés en él. Usted se siente como si quisiera llorar todo el tiempo o también puede sentir que las lágrimas nunca van a salir de su interior. Estas emociones y sentimientos algunas veces vienen en “oleadas” que pueden ser paralizantes y a veces se dirigen, de forma hiriente, hacia quienes amamos, en una reacción natural y muy común.
Puede pensar que “escucha” o “siente” la presencia de su hijo y comienza a preguntarse si no se estará volviendo loco. Sus brazos parecen sentir el vacío mientras que su corazón parece que va a estallar de dolor. Aún cuando estos sentimientos puedan ser tan intensos como atemorizantes, son parte normal y natural del dolor.

¿Qué puedo hacer ahora? 
Es importante aceptar la pérdida y los cambios que han sucedido y no tratar de enmascarar tus sentimientos con drogas o con alcohol. Cualquier cosa que te haga escapar de tus sentimientos solamente hará que todo el proceso sea más largo. No hay ninguna forma de rodear al dolor, sino por el contrario, tienes que atravesarlo.
Comparte tus pensamientos y sentimientos con tus amigos, o también puedes escribir un diario. Puede que tengas ganas de hablar de su muerte o tal vez no tengas ni ganas de pensar en eso. Acéptalo  y busca en quién confiar. Mucha gente se cuestiona sus creencias espirituales y es saludable que busques  a alguien que quiera escuchar de tus dudas, sentimientos y preguntas.
Es probable que experimentes cambios en la relación con tus amistades. Puede ser que la gente que no sepa que decirte trate de evitarte o también puede ser que te diga cosas hirientes. Y otros, que tal vez no eran muy cercanos a ti, de repente se convierten en un gran apoyo. Aún cuando cada uno de nosotros sufre a solas, no tienes por qué estar solo durante tu sufrimiento.
Aunque no sea algo que nazca con espontaneidad, pues te parecerá poco importante, en relación con tu pena, debes cuidarte físicamente, para evitar un mal que sólo empeore la situación de tu familia. No permitas que el dolor sea una excusa para un desempeño pobre de tus tareas o para que adquieras malos hábitos.
Ahora es el tiempo para establecer una forma diferente de relación con la persona que murió. Puedes hacer algo para recordar su vida, no tan sólo su muerte, como hacer un álbum de recortes, escribir tus memorias en un diario, o grabar historias en video. Lleva globos o flores al cementerio o  encargar un servicio religioso para los amigos y la familia. Escríbele una carta o visita sus lugares favoritos, si los tenía, escucha la música que disfrutaron juntos o crea un fondo de caridad en su memoria.
Pero lo más importante, es que en algún momento debes permitirte a ti mismo volver a sonreír y redescubrir las alegrías de la vida. La persona que tú amabas te ha dejado muchos dones. Entrelaza esas cualidades en tu vida mientras comienzas a encontrar tu nueva identidad. 

Tu hijo o hija ha muerto, pero el amor que ustedes compartieron nunca será destruido.  Aún cuando la muerte llegó, el amor nunca se irá.