jueves, 24 de junio de 2010

Aprendiendo a vivir con nuestro dolor

Una de las cosas más difíciles por las que tuve que pasar, tras la muerte de mi bebé, fue poder ver a otros
bebés. En la calle no podía ni mirarlos y evadía todo lo que fueran cochecitos y gente con niños cargados.

En mi trabajo con cierta frecuencia se acercaban madres con sus pequeñines y todo se volvía gracias y mimos y en ese momento yo tenía que salir, disparada, hacia el baño, encerrándome ahí a llorar. Mis compañeras fueron muy comprensivas y me dejaban tranquila hasta que la visita se retirara y yo pudiera recobrar la compostura y volver a salir. Pero era terriblemente difícil.

La Navidad se hizo un tiempo especialmente difícil, pues por más que mi fe fue la tabla de salvación más poderosa, no podía escuchar aquello del "niño en la cuna" sin sentir rabia y una profunda amargura. Me resultaba imposible cantar un villancico o siquiera poner en nacimiento en casa. Fue una navidad tan horrenda y triste que no quisiera recordarla. Envié a mis hijos mayores con su padre y a mi esposo a pasarla con su mamá, mientras yo lloraba inconsolable en mi cama.

Son momentos que generalmente pasan las personas que han perdido un hijo, pues en su mayoría tienen una etapa de rabia y amargura muy intensa, una forma de negar lo ocurrido o buscar una razón que lo justifique (que no existe). cada quien tiene su propio proceso y sus propios tiempos, sin embargo, lo general es que les cueste al principio aceptar que otros hijos (ajenos) sigan viviendo mientras el propio murió, lo que desencadena preguntas sin respuesta y reclamos sin solución.

La visión religiosa tiene mucha importancia en este aspecto y varía mucho la situación si se trata de una persona de fe o si no es así. Pero en general, en tanto la persona acepte el hecho irremediable y aprenda a vivir su paternidad o maternidad de una forma que nunca esperó pero que no acepta modificaciones, podrá aceptar también que el destino de los demás es distinto y podrá, poco a poco, alegrarse con ello como lo hacía antes de sufrir su pérdida.

Poder desahogarse convenientemente y cuando le resulta necesario, puede ser una manera saludable de cumplir etapas y poder avanzar, aunque parezca que lo hace lentamente, hacia la recuperación y la curación de sus heridas.

2 comentarios:

  1. les cuento mi terrible relidad, fuy padre de un hermoso niño el cusl murio por una meningitis aguda de las q se presentan sin sintoma alguno, me siento muy pero muy mal, siento mucha culpa en mi alma y no paro de llorar y de pensar en mi bebe, solo tenia 19 meses y era un angel precioso de ojos azules como los de su mama, me siento terrible y no puedo cerrar los ojos por q inmediatamente lo veo riendo y llamándome papá, murio el dia de ayer 23/02/2014 y siento q ya e pasado una eternidad sin el.

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    1. Víctor... qué tremendo tu caso y que profunda tu pena....
      Te entiendo y me imagino que unida a tu dolor infinito está esa sensación de culpabilidad que lo hace todo más insoportable...
      Sólo puedo decirte que somos muchos los que hemos caminado por tu camino, conocemos de tu dolor y tu desesperación... no existe un consuelo, menos tan pronto...
      pero sí necesito dejarte algo claro: NO FUE TU CULPA.
      Los padres quisiéramos ser poderosos para proteger a nuestros hijos de todo mal, pero la verdad es que no siempre podemos hacerlo. Es parte de la vidas. Todos somos vulnerables, y nuestros pequeños retoños lo son más.
      Es terrible enterrar a un hijo, lo sé bien, pero no aumentes lo difícil que será tu vida en adelante, con una culpa que no es real.
      Tu hijo te amó y te sigue amando, de seguro, donde esté. Y tú sigues siendo su padre. No lo olvides. ese amor los mantendrá unidos por siempre.
      Piensa en eso y deseo de todo corazón que puedas, poco a poco, ir saliendo adelante. Hoy te toca sobrevivir, eso es bastante. Mañana podremos pensar en volver a vivir.
      Aquí estamos cuando quieras.
      Un abrazo fuerte.

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