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lunes, 1 de junio de 2020

Luis Alberto Rabanal Smith, in memoriam

Hace muy poco desperté con una noticia terrible que abrió paso a una tristeza tal que en un instante se volvió parte de mi equipaje: el hijo de una muy querida amiga, mi cuñada durante mucho años, había fallecido instantáneamente en un trágico accidente de auto.
Fue así de simple y de terrible. En un instante terminó su vida en la Tierra y al siguiente todo cambió, él inició una vida diferente y se inició otra también diferente para todos los que lo amaban. Se detuvo su camino, dejó de escucharse su canción y sólo quedaron los demás en el sendero, ya sin él.
Yo lo recuerdo más como un niño muy lindo, pero a través de los años vi cómo creció a la distancia para convertirse en un hombre joven, lleno de alegría, de sueños, de música, con un corazón sensible, muy amoroso con su familia y sus cinco hijos, una vida entrelazada con otras vidas que gozaron con su presencia, su alegría y su amor.
Para los padres que hemos recorrido ese camino, como son quienes acuden a este blog, ese momento indescriptible, ese dolor sin fin no es una experiencia extraña, y sabemos bien que es una experiencia que te marca tan profundamente que fija un antes y un después en tu vida. A partir de ahí te hace parte de una hermandad muy exclusiva en la que ingresas sin pedirlo y de la que ya no puedes irte, porque sabes que sólo quienes han vivido lo que tú, comprenden lo que sientes. Lo bueno es que quienes han vivido lo que tú, entienden cómo poco a poco te vas convirtiendo en alguien que camina por la vida con un hueco en el alma, y que aunque al inicio no sabes cómo hacerlo y sólo sientes cómo duele sin descanso, con el paso del tiempo, vas a aprender a convivir con ello, sobreviviendo, primero, y empezando nuevamente a vivir, mucho después. Y ésa es la esperanza.

lunes, 5 de mayo de 2014

Dolor y amor en el Día de la Madre

Un nuevo Día de la Madre se acerca, y aunque debo reconocer que mi vida ha reencontrado su curso y ya puedo disfrutar de la alegría de estas fechas, sin que por ello dejen de tener una cuota de tristeza, pienso en todas las madres que han perdido un hijo(a), especialmente si lo han hecho recientemente, pues aún estarán caminando en esa neblina absoluta, sin ver nada ni a nadie, sin saber siquiera dónde estás, sólo  sintiendo ese vacío tremendo que te destroza el corazón.
Sólo quisiera decirle a quienes se sientan así, que es normal, que no están mal por sentir que se hunden en un pozo negro y sin fin. Todo es parte de un proceso de separación lento y doloroso, que parece más difícil cuánto más se amó, y es una nueva forma de vivir que requiere toneladas de valor y coraje.
Esta vez me limitaré a resaltar cinco cosas que he escrito de seguro en alguno de los post de este espacio que existe para ustedes:
  1. Aunque tu hijo(a) no esté contigo, sigues siendo su madre.  Entiéndelo y asúmelo como parte de tu vida. Saberlo no eliminará la pena ni el dolor pero puede ayudarte a encontrar un nuevo sentido a tu vida: aprender a ser la madre de un hijo(a) aunque no lo veas o no esté a tu lado. 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Hay un "para qué" aunque no haya un "por qué"

Hoy recibí un comentario en el que un lector comenta que pese a su profundo e indescriptible dolor, y a lo difícil que le resulta lo mucho que extraña a su hijo, su separación le ha ayudado a ser más amoroso con su mujer y su hija. Yo no sé más de su situación y no pienso jugar a la "vidente", pero sí me parece maravilloso que él haya empezado a descubrir cosas positivas en medio de su pena.
Luego de responderle, encontré una historia muy inspiradora para los que creemos en Dios (realmente no sé cómo lo enfrenta una persona sin fe, atea) y por eso me animo a compartir con ustedes la idea y la visión que nos ha servido a muchos. La historia original se encuentra en http://www.renuevodeplenitud.com/.
Dice el relato que una familia había salido en una expedición de caza, y se detuvo para almorzar. Los niños jugaban a la sombra de un árbol, distantes de sus padres y del resto de los adultos del grupo. De repente, el padre de uno de ellos, pegó un salto y le gritó a su hijo: "Échate al piso" y éste lo hizo inmediatamente.
Todos se quedaron impactados al saber que una serpiente venenosa se había estado arrastrando por el árbol donde estaba el niño. Si lo hubiese mordido, habría muerto.
Sólo el padre del infante vio la serpiente, pero lo importante es que en medio de la emergencia obtuvo  la respuesta instantánea del chico ante su orden.  Cuando más tarde entre todos conversaban del suceso, el padre explicó que su relación era tan buena y basada en la verdad, el muchacho no vaciló ante la orden de su padre, pues confiaba en él y el padre contaba con ello.
Muchas veces nosotros pasamos por momentos de duras pruebas en las cuáles no entendemos nada, preguntamos "¿por qué?" y no obtenemos respuesta, porque no pensamos que Dios ve lo que nosotros no, y sabe lo que nosotros jamás podremos entender.
No siempre es posible saber lo qué Dios ha planeado para nuestras vidas, pero podemos hacer lo que hizo el hijo: confiar y seguir amando, sabiendo que Él está siempre listo para sostenernos y ayudarnos a enfrentar la vida, por más dura que se ponga.

Juan 15:4 "Permanezcan en mí, y yo permaneceré en ustedes".

martes, 12 de marzo de 2013

La necesidad de encontrar un camino: El proceso de duelo


Navegando por la web encontré el sitio “Experto en Psicología” y de él copiaré un texto que me parece muy claro y útil para todos los que en algún momento pasamos por estas terribles experiencias de pérdida, o incluso para quienes desean comprender a quien está en una de ellas. Lo transcribo a continuación para ustedes. Un abrazo.

¿En qué consiste un duelo?

A lo largo de la vida nos encontramos con múltiples pérdidas, desde la muerte de seres queridos (padres, hermanos, pareja, amigos, etc.) a la pérdida de trabajo/s, rupturas de pareja/s, muerte de mascotas, cambios de residencia, etc. Como podemos ver vivir pérdidas es mucho más frecuente de lo que pensamos, de hecho es una parte inevitable de nuestra vida, y parece que en ocasiones no somos conscientes de que cualquier tipo de pérdida merece nuestra atención, es decir, necesita su periodo de duelo.

Proporcionar información sobre el duelo pretende ayudar a llevar (un poco) mejor este difícil proceso, y también facilitar el acompañamiento de seres queridos que se encuentren en estas situaciones.

El duelo es un proceso de elaboración, natural y adaptativo, que consiste en la integración de la experiencia de pérdida, al final del cual, lleva a la persona a experimentar un cambio profundo en su identidad.

Se ha escrito mucho sobre los duelos y coexisten diferentes modelos explicativos, vamos a quedarnos con el modelo de tareas/necesidades del duelo, el cual considera la elaboración del duelo como un proceso durante el cual la persona tiene diferentes necesidades y tareas que resolver para ir avanzando.

Veamos con un poco más de detalle qué ocurre en cada etapa, acompañado de relatos de testimonios que facilitan la transmisión de cómo nos podemos sentir en cada momento:

1. En un primer momento nos encontramos con la etapa de aturdimiento y choque. Es cuando la persona recibe la noticia, la conmoción del impacto amenaza la capacidad de reacción de la persona, por lo que se ponen en marcha reacciones tales como aturdimiento, descreimiento, negación, confusión, etc. La función de estas reacciones es mitigar el input de la noticia para preservar nuestra integridad. En otro extremo también se pueden dar reacciones  agudas de llanto, desesperación, etc. De hecho no es extraño que ambas reacciones coexistan, ya que oscilar entre mecanismos de evitación y de aproximación es el intento de manejar lo que sentimos. Por tanto la tarea principal de esta etapa es manejar los aspectos más traumáticos de la pérdida.
“Cuando el médico me dio la noticia me quedé conmocionado. No sé qué me pasó, no podía hablar. Salí de la sala y eché a correr, me di de bruces con la pared y empecé a golpearme la cabeza, no podía parar. Tuvieron que sujetarme.” (Joaquín)*

viernes, 21 de diciembre de 2012

¿Cómo vivir la Navidad cuando sufres por el hijo que perdiste?

Hay mujeres que por alguna razón pueden superar más rápidamente la muerte de un  hijo, pero para otras, la pérdida de un hijo pequeño, más aún un bebé o recién nacido, la época de  Navidad puede no ser un tiempo de alegría y entusiasmo, sino todo lo contrario, un momento que aviva el dolor, en lugar de brindar consuelo. Al menos esa fue mi experiencia.

Por dos años, los villancicos que hablaban del "Niño en la cuna" y de la alegría por el "nacimiento del Salvador",  me llenaban de rabia pues me sentía vacía de amor, y todo me parecía falso, ajeno. El gozo de la Virgen me parecía horrible, porque mi sufrimiento no cedía y la idea de la unión familiar me parecía vacía y sin sentido. Todo me sonaba a mentira, a farsa, porque mi corazón seguía destrozado. Reconozco que odié con todas mis fuerzas los adornos, los nacimientos (belenes), los preparativos y toda la fiesta navideña. De hecho el primer año no hice absolutamente nada navideño en mi hogar y el segundo, a regañadientes, le pedí a mi hija pequeña que pusiera algo ella, porque yo no estaba de humor para nada de eso.

En eso estaba, cuando el mismo 24 viví  una experiencia que resulta demasiado extensa para relatar, pero que me hizo aprender dos cosas:
  1. Pese a toda mi ira y mi dolor, yo seguía siendo cristiana, me gustara o no, y que el nacimiento de Jesús, el Hijo del Dios, era más importante que mi pena, aunque pareciera insensato decirlo.

domingo, 28 de octubre de 2012

¿Qué es la vida?

Acabo de responder un comentario de una joven madre que perdió a su bebé a las 12 semanas de espera. Ella ha escrito al blog en el post inicial del mismo, en el 2010, y al responderle confirmo una vez más el valor de un medio como éste: podemos unirnos y apoyarnos sin importar el tiempo transcurrido. las palabras siguen ahí, y el sentimiento también.
Sin embargo, la vida sigue pasando, cada día, y para unos es sólo una sucesión de días, para otros una sucesión de oportunidades de vivir, un día tras otro.
Por un tiempo largo la vida para mí fue lo primero. Un túnel oscuro que no me mostraba luz por ningún lado. Era un tedioso levantarme cada día para continuar "viviendo". Ni mi esposo, ni mis hijos, ni nada en mi entorno hacía que cambiara mi forma de sentir, por más que lo quería. Pero pasó el tiempo,   y entre el amor de mi marido (y su paciencia infinita) y el de mi familia (y su paciencia infinita), mi corazón empezó a sanar y entendí que sería un camino largo, muy largo, pero que ya me mostraba un poco de luz al final.

martes, 24 de julio de 2012

Cómo vivimos con tanto dolor

Hay enfermedades que han tomado un gran protagonismo en las últimas décadas, como por ejemplo el cáncer, el mal de Alzheimmer, entre otras. Sin embargo creo que una de las más preocupantes es el estrés, que no es otra cosa que una respuesta psicosomática, es decir, una respuesta del cuerpo a una preocupación de la mente o el espíritu.

Cuando alguien pierde un hijo, el sufrimiento es tan profundo y queda tan inconsolable que fácilmente las personas desarrollan males físicos que sólo tienen su origen en lo más profundo de su alma.
Cuando me pasó a mí, desarrollé un dolor intenso en el abdomen que yo pensé sería una consecuencia de la cesárea de emergencia que me realizaron y que, en lo secreto de mi corazón, esperaba me llevara a un final fatal para poder reunirme con mi hija.

Después de aguantar en silencio el dolor por varios días, y ya segura de que no me mataría, decidí consultar al médico y me disgnosticó un problema de colon por estrés agudo. Hace poco, recordando ese episodio, estuve navegando y conversando con varias personas sobre el tema, por lo que publico aquí los síntomas más comunes de este mal, para que puedan ser identificados y faciliten que la persona reciba atención médica. El dolor por la pérdida no pasará, pero es necesario enfrentarlo con un cuerpo tan saludable como sea posible para no hacer más difícil algo que nadie puede aliviar.

Entre las respuestas emocionales más comunes están: 
Problemas de memoria, miedo, ataques de ira que se presenta sin razón, depresión, cambios inesperados de humor, sentimiento de culpa y, muchas veces, deseo de venganza.

jueves, 24 de junio de 2010

Aprendiendo a vivir con nuestro dolor

Una de las cosas más difíciles por las que tuve que pasar, tras la muerte de mi bebé, fue poder ver a otros bebés. En la calle no podía ni mirarlos y evadía todo lo que fueran cochecitos y gente con niños cargados.

En mi trabajo con cierta frecuencia se acercaban madres con sus pequeñines y todo se volvía gracias y mimos y en ese momento yo tenía que salir, disparada, hacia el baño, encerrándome ahí a llorar. Mis compañeras fueron muy comprensivas y me dejaban tranquila hasta que la visita se retirara y yo pudiera recobrar la compostura y volver a salir. Pero era terriblemente difícil.

La Navidad se hizo un tiempo especialmente difícil, pues por más que mi fe fue la tabla de salvación más poderosa, no podía escuchar aquello del "niño en la cuna" sin sentir rabia y una profunda amargura. Me resultaba imposible cantar un villancico o siquiera poner en nacimiento en casa. Fue una navidad tan horrenda y triste que no quisiera recordarla. Envié a mis hijos mayores con su padre y a mi esposo a pasarla con su mamá, mientras yo lloraba inconsolable en mi cama.