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lunes, 5 de mayo de 2014

Dolor y amor en el Día de la Madre

Un nuevo Día de la Madre se acerca, y aunque debo reconocer que mi vida ha reencontrado su curso y ya puedo disfrutar de la alegría de estas fechas, sin que por ello dejen de tener una cuota de tristeza, pienso en todas las madres que han perdido un hijo(a), especialmente si lo han hecho recientemente, pues aún estarán caminando en esa neblina absoluta, sin ver nada ni a nadie, sin saber siquiera dónde estás, sólo  sintiendo ese vacío tremendo que te destroza el corazón.
Sólo quisiera decirle a quienes se sientan así, que es normal, que no están mal por sentir que se hunden en un pozo negro y sin fin. Todo es parte de un proceso de separación lento y doloroso, que parece más difícil cuánto más se amó, y es una nueva forma de vivir que requiere toneladas de valor y coraje.
Esta vez me limitaré a resaltar cinco cosas que he escrito de seguro en alguno de los post de este espacio que existe para ustedes:
  1. Aunque tu hijo(a) no esté contigo, sigues siendo su madre.  Entiéndelo y asúmelo como parte de tu vida. Saberlo no eliminará la pena ni el dolor pero puede ayudarte a encontrar un nuevo sentido a tu vida: aprender a ser la madre de un hijo(a) aunque no lo veas o no esté a tu lado. 

martes, 9 de julio de 2013

Los hijos: un préstamo lleno de amor

Dicen que el texto que figura al final de esta nota pertenece al escritor José Saramago, Nobel de Literatura, aunque desconozco si es así. Sólo sé que  me parece hermoso y muy cierto.
Lo comparto aquí para que quienes hemos pasado por la experiencia de tener un hijo para perderlo después, recordemos que debemos agradecer siempre por su presencia en nuestra vida, haya sido de años o de días, pues lleva en sí misma la semilla del amor más grande.
Tal vez por eso mismo genera el dolor más profundo, pero nunca, nunca, ese dolor, esa tristeza, debe ser mayor que el amor. Ese amor es nuestra mayor bendición.
Un abrazo fuerte a todos.

"Hijo es  un ser que Dios nos  prestó para hacer un curso intensivo de cómo amar a alguien más que a nosotros mismos, de cómo cambiar nuestros peores defectos para darles los mejores ejemplos y, de nosotros, aprender a tener coraje. Sí. ¡Eso es! Ser madre o padre es el mayor acto de coraje que alguien pueda tener, porque es exponerse a todo tipo de dolor, principalmente de la incertidumbre de estar actuando correctamente y del miedo a perder algo tan amado. 

viernes, 21 de diciembre de 2012

¿Cómo vivir la Navidad cuando sufres por el hijo que perdiste?

Hay mujeres que por alguna razón pueden superar más rápidamente la muerte de un  hijo, pero para otras, la pérdida de un hijo pequeño, más aún un bebé o recién nacido, la época de  Navidad puede no ser un tiempo de alegría y entusiasmo, sino todo lo contrario, un momento que aviva el dolor, en lugar de brindar consuelo. Al menos esa fue mi experiencia.

Por dos años, los villancicos que hablaban del "Niño en la cuna" y de la alegría por el "nacimiento del Salvador",  me llenaban de rabia pues me sentía vacía de amor, y todo me parecía falso, ajeno. El gozo de la Virgen me parecía horrible, porque mi sufrimiento no cedía y la idea de la unión familiar me parecía vacía y sin sentido. Todo me sonaba a mentira, a farsa, porque mi corazón seguía destrozado. Reconozco que odié con todas mis fuerzas los adornos, los nacimientos (belenes), los preparativos y toda la fiesta navideña. De hecho el primer año no hice absolutamente nada navideño en mi hogar y el segundo, a regañadientes, le pedí a mi hija pequeña que pusiera algo ella, porque yo no estaba de humor para nada de eso.

En eso estaba, cuando el mismo 24 viví  una experiencia que resulta demasiado extensa para relatar, pero que me hizo aprender dos cosas:
  1. Pese a toda mi ira y mi dolor, yo seguía siendo cristiana, me gustara o no, y que el nacimiento de Jesús, el Hijo del Dios, era más importante que mi pena, aunque pareciera insensato decirlo.

domingo, 28 de octubre de 2012

¿Qué es la vida?

Acabo de responder un comentario de una joven madre que perdió a su bebé a las 12 semanas de espera. Ella ha escrito al blog en el post inicial del mismo, en el 2010, y al responderle confirmo una vez más el valor de un medio como éste: podemos unirnos y apoyarnos sin importar el tiempo transcurrido. las palabras siguen ahí, y el sentimiento también.
Sin embargo, la vida sigue pasando, cada día, y para unos es sólo una sucesión de días, para otros una sucesión de oportunidades de vivir, un día tras otro.
Por un tiempo largo la vida para mí fue lo primero. Un túnel oscuro que no me mostraba luz por ningún lado. Era un tedioso levantarme cada día para continuar "viviendo". Ni mi esposo, ni mis hijos, ni nada en mi entorno hacía que cambiara mi forma de sentir, por más que lo quería. Pero pasó el tiempo,   y entre el amor de mi marido (y su paciencia infinita) y el de mi familia (y su paciencia infinita), mi corazón empezó a sanar y entendí que sería un camino largo, muy largo, pero que ya me mostraba un poco de luz al final.

martes, 19 de octubre de 2010

Caminando hacia la paz

En blogs y portales que tratan el tema de la pérdida de un hijo, se reciben comentarios muy diversos de cómo se siente una madre cuando pasa por ese trance. Son palabras verdaderamente desconsoladoras, como es natural, y cada una relata cómo su mundo se derrumbó, de manera particular, pues las personas somos diferentes y vivimos las mismas experiencias de forma distinta según nuestras costumbres, circunstancias y credo, especialmente. 
Mi vivencia es única como la de todos lo es, y si mi esposo y yo salimos adelante, lo bien o mal que lo hayamos hecho fue fruto de múltiples factores, pero en parte por la ayuda que mucha gente me ofreció su mano, su palabra, su aliento. Cuando pienso en ello y leo los comentarios que mas mujeres publican en la red, veo que  aunque las realidades puedan ser un poco distintas existen algunas imágenes comunes, cierta forma de expresar un dolor tan, pero tan profundo, que nos remiten a algunos aspectos que podríamos compartir y aprender algo de ellos. Y por eso tomaré algunas para compartirlas y comentarlas.
Leo, por ejemplo, “una madre que pierde a un hijo queda muerta en vida, se queda con los brazos vacíos y con el vientre hueco, sin nada, si tiene más hijos vive por ellos pero sin ganas, con el tiempo, con los años empieza a aminorar ese dolor y como dices a sonreír otra vez y empiezan a nacer ilusiones otra vez, pero esa herida queda en lo más profundo de tu alma, un dolor que solo morirá contigo”. Y es así, en realidad, el dolor no es algo que pasa poco a poco en un tiempo más o menos corto, como pasa en otras pérdidas (de un padre, hermano, abuelo, etc.), muchas veces se reanuda la vida pero… a medias. No siempre las mujeres tienen la capacidad de reiniciar la vida y volver a enfrentarla con valor y disfrutarla con alegría. En algunos casos el rencor contra alguien o algo que fue determinante en la pérdida (por un tema de responsabilidad en el fallecimiento, por ejemplo) no permite pasar a otra etapa, por lo que podríamos sacar una primera recomendación: PERDÓN.
Si hay algo que resolver o gestionar (una responsabilidad culposa o criminal, por ejemplo) pues deberá hacerse, pero sin que el corazón se estanque en la cólera y el odio, pues el espíritu de tu hijo, que está vivo, no querría a una madre o un padre consumiéndose en sentimientos negativos, con amargura y agresividad en su corazón, y nada bueno sacarás del enfrentamiento, del rencor, de la ira que busca una venganza que sabemos, es inútil.
Otra mujer escribe que “se queda balbuceando las canciones de cuna que ya no encuentran eco en los oídos de su hijo amado, no importa a qué edad se les haya ido, es su hijo y ya no lo tiene. Y así nos quedamos tratando de encontrar repuestas al porqué de las cosas. No importa cuanto se diga, cuanto se estudie o investigue acerca de la muerte y sus efectos, ninguno nos puede asegurar o garantizar cuanto tiempo estaremos en ese estado de confusión, rabia e impotencia. El dolor no nos permite vislumbrar ni remotamente la posibilidad de encontrar alivio”. Y yo recuerdo cuando junto a mi esposo íbamos de un especialista a otro buscando comprender cómo pudo morir una bebé que estaba perfecta durante todo su desarrollo prenatal. Y no importaba lo que nos dijeran, nada era suficiente. Y nunca nada lo será, porque nada variará la realidad. En este caso, la recomendación sería: ACEPTACIÓN.
Si puedes aceptar que no todo tiene una respuesta podrás entender que sólo estás martirizándote inútilmente, pues por más que te aflijas y llores nada cambiará, sólo llenarás tu alma de pena y postergarás la posibilidad de aprender a vivir siendo aún madre/padre de tu niño aunque no lo veas contigo.
Un tema que hace una gran diferencia es la fe que se profese o la falta de ella. Cuando leemos “quiero que sepas que tu hija no está muerta, ella vive con Jesús en el cielo, ahí te está esperando donde se reunirán para siempre, mientras llega tu tiempo tienes que vivir hasta que Dios lo disponga así” veo a una persona que encontró consuelo en su fe y eso es algo maravilloso, porque tuvo algo que difícilmente se puede conseguir: ESPERANZA.
Las personas que creen en un mundo después de éste, en la forma que sea, tienen el consuelo de un mañana, de una nueva oportunidad. Yo creo en Dios y en su promesa de Vida Eterna, y creo que mi bebé está conmigo aquí, pues Dios no está lejos (en un “cielo”) sino entre todos los que le aman. Eso me ha dado fortaleza y nos permitió volver a vivir, teníamos una esperanza concreta, pero pienso que para quienes no creen, debe ser muy difícil porque se quedan sólo con un recuerdo y nada más.

jueves, 22 de julio de 2010

Donde se encuentran la Fe y la Esperanza

El día de ayer, durante una reunión de padres que preparamos a nuestros hijos para recibir la Primera
Comunión,  se realizó una lectura de reflexión sobre nuestra fe en Dios y los momentos en los que las circunstancias la ponen a prueba. Me tocó en suerte dar mi opinión y sin querer tuve que regresar al momento en que mi hija murió y cómo lo afrontamos mi esposo y yo.

Debo decir que han pasado muchos años y  he vivido muchas experiencias que me hacen creer que lo he superado en gran medida y ahora puedo vivir de una forma más positiva con ello, pero igual me fue difícil tomar la palabra y compartir el tema. Cada vez que la circunstancia me hace compartir le hecho con otras personas mi primera reacción es hablar de modo que nada pueda sr mal interpretado y que a la vez puedan tener una idea de lo que significó para nosotros. Y es muy difícil. Parece que algo dentro de mí me dijera que debo hacerlo con la mayor delicadeza pues de otro modo algo se quiebra dentro de mí. Es como tener un jarrón extremadamente fino guardado en una vitrina especial, pero de pronto debes sacarlo y llevarlo a otro sitio y luego guardarlo de nuevo, y entonces todas las precauciones son pocas para caminar con él entre manos.

viernes, 9 de julio de 2010

Esperando el reencuentro


En un blog argentino (Seguir viviendo sin vos), he encontrado una frase que no había leído antes. Si fuésemos capaces de saber cuándo y dónde volveremos a encontrarnos de nuevo, nuestra despedida sería más tierna.  Y es totalmente cierto.

Probablemente lo más terrible de la muerte de alguien que amamos  es la noción de la separación definitiva, terminal, que nos deja impotentes para hacer nada, un último beso, un último gesto, una última sonrisa. El saber que nunca más... es lo que nos rompe el alma. Como dice Serrat en una canción:... "nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio".

Y por eso quienes tenemos fe en una vida posterior (sea cual sea tu religión) tenemos un consuelo, aunque sea sólo en una promesa. Pero creemos que ese día llegará, tarde lo que tarde.  Lo que no sé es cómo superaran esa separación quienes no creen en nada, sean ateos o agnósticos. No me lo imagino. debe ser un duelo lleno de desesperanza y soledad.